domingo, 12 de julio de 2015

Tres cuentos de Dionisio Escobar



Dionisio Escobar 

CEMENTO FRESCO

Nosotros los chilenos no soportamos ver en las calles un pavimento fresco. Tenemos que dejar “para siempre” nuestras pisadas, nuestro nombre o el nombre de algún amor. ¿Será que tenemos ansias de inmortalidad?

Hace unos años atrás conseguí un par de maestros que pavimentaran una parte de la vereda fuera de mi casa. Como no me salió nada de barato, pensé asegurarme que no pasara alguien y dejara sus señas. Me instalé adentro del auto en la calle, frente a la casa. Pasaba la gente, miraba el cemento fresco, me miraba a mí y seguía su camino. Durante algún tiempo esta escena se repitió muchas veces. Pasado largo rato en esto me sentí ridículo y entré a mi casa, pero aún con esta imagen rondando por mi cabeza. No pasaron  cinco minutos cuando decidí salir nuevamente a la calle para ver cómo estaba mi pavimento. Ya estaba rayado y con unas pisadas.

Ansias de destruir no nos faltan. Es que somos así. Vamos por el desierto más árido del mundo, vemos a lo lejos una pequeña y hermosa flor, desviamos  nuestros pasos y la pisamos como corresponde.





SEMANERO

A mi curso había llegado un alumno nuevo, con pinta de nada. Era de esas personas que nadie quiere. Era de esas personas que expelía rechazo. Como alumno era un mediocre. Era un don nadie. Todos los ignoraban. No tenía amigos. Nadie lo quería. Pero sabía colocarse. Sabía ser el personaje adecuado en el momento adecuado. La verdad es que se metió  a ser patero con el  Profesor, y él, ingenuo,  comenzó a considerarlo. En cierto momento, el Profesor Jefe lo designó “semanero” . Entonces ahí comenzó a aparecer la bestia que  traía escondida el alumnillo ése. Dio la casualidad que nuestro  profesor enfermó, entonces nuestro semanero se creyó el profesor y comenzó a darnos órdenes. Nos hacía ponernos en fila antes de entrar a la Sala de Clases. Nos obligaba a estar ordenados mientras nadie nos hacía clases. No podíamos conversar. Sólo podíamos estudiar. Qué miserable, más desagradable.

Como se engrandecen los personajillos cuando les dan aunque sea el cargo más insignificante.

Es como darle poder a un mono.




EL PICA-PICA

Uno de los clásicos personajes porteños era un señor conocido como el "Pica-Pica", que se lo veía diariamente por las calles de Valparaíso. Se lo veía por Pedro Montt, por la Plaza Victoria. No se podría decir que vestía pobremente. Más bien su ropa era andrajosa. De seguro se iba vistiendo a medida que la ropa que usaba se iba cayendo a pedazos.

Caminaba siempre con el sueño marcado en la frente, que indicaba que iba a hacer algo muy importante. Su "empleo"  era recoger y picar papeles a medida que  iba caminando, y caminaba muy rápido siempre, y con toda precisión se dirigía donde había un papel botado y a medida que lo recogía, iba picándolo con mucha meticulosidad, para luego volver a arrojarlo a la calle. Más de alguna vez lo vi. Hacía muy bien su trabajo. Nunca se lo vio triste o desanimado. Los que conocemos Valparaíso, sabemos que siempre tenía trabajo asegurado.



Dionisio Escobar. Libro Setenta Cuentos.  Ediciones Universitarias de Valparaíso. Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.  www.euv.cl



sábado, 11 de julio de 2015

Pablo de Rokha, un antinerudiano delirante




Los antinerudianos, digamos  los profesionales se dividieron en obsesivos como Ricardo Paseyro,  y delirantes, sin duda comandados por Pablo de Rokha. ¿De dónde surgió ese, a primera vista, odio parido? ¿Esa virulencia desaforada? ¿Tal rechazo absoluto? Detrás de tanta energía malgastada están, a no dudarlo, la envidia y una indesmentible admiración. Creo que se atribuye a Napoleón una frase decisiva: 

«La envidia es una declaración de inferioridad».

Fiebres como las que padeció De Rokha por todo cuanto oliera a nerudiano no son fáciles de hallar en la historia de la literatura universal. Tal vez Góngora contra Quevedo, en el Siglo de Oro; Lope de Vega contra Calderón de la Barca y Tirso de Molina contra Cervantes, en el Barroco; Shakespeare contra Marlowe en los años isabelinos, pero no llegaron al nivel de la fijación.


El apodo que recibió Neruda, mientras vivía, sin duda ingenioso, no contribuyó a humillarlo ni menos a destruirlo: el Bacalao. Para sus adversarios o enemigos era como una cucharada sopera de aceite de bacalao, remedio bárbaro que padecieron varias generaciones de niños.
—Para fortalecerlos, se decía.


En la otra punta, y con el mismo frenesí, están los chambelanes del Vate, secretarios, celestinos, trotaconventos, emisarios, recaderos, aduladores y acechantes varios que lo orbitaban. Su personalidad magnética generaba esos mundillos y da la impresión que atendía a unos y a otros.


Neruda fue sabio en no alargar la disputa y el conflicto histórico con De Rokha y lo enfrentó sólo hasta donde era prudente hacerlo, los años juveniles, dejando testimonio también de su certeza e imaginación para insultar con estilo y elegancia, para dar la estocada donde debía darla, para practicar el legendario arte de la diatriba, para derramar sobre el alterado De Rokha la respuesta vitriólica.


De Rokha captó temprano la fuerza hipnótica no sólo de la palabra poética nerudiana, sino también de su personalidad literaria. Ambos eran de egos monumentales, por lo tanto poseedores de personalidades inseguras, criados bajo esquemas familiares y sociales propios de los patriarcas decimonónicos. En el caso de De Rokha con frailes de por medio. Fue expulsado del seminario por sus lecturas anticlericales, en especial Nietzsche, y como en el caso del autor de Canto general poesía y vida resultan difíciles de separar. Biógrafos, exégetas y académicos las revisan con un afán incesante, las de Neruda, sin que ocurra lo mismo con su histórico adversario.


La polémica entre los dos poetas ha merecido poco espacio dentro del comentario crítico que vaya más allá de las páginas de los diarios, salvo el libro de Faride Zerán, La guerrilla literaria, tal vez porque se la ha considerado como periférica y de escasa gravitación intelectual, tomando en cuenta que el arte de impugnar al adversario, en nuestro país, tiene su máxima expresión en la actitud disolvente del chaqueteo criollo. De hecho, ambos contendores de esta más bien unilateral polémica fueron chaqueteados hasta el paroxismo. Neruda se sobrepuso, pero no así De Rokha que murió ninguneado. Y lo sigue estando post mortem.


En un rincón del ring algunas veces estuvo Neruda, en el opuesto aparece De Rokha, desconocido, menospreciado, aunque posee una obra y una propuesta que tienen excelentes momentos. No obstante, el conjunto de su legado, a pesar de los textos de reflexión consagrados tanto a su vida como a su obra, donde se destacan los de Antonio de Undurraga y de Fernando Lamberg, no logra no sólo crecer, sino ni siquiera despegar. Tal vez el más penetrante estudio sobre el conjunto de su obra sea Una escritura en movimiento (1988) a cargo del crítico e investigador Naín Nómez y merece destacarse la brillante tesis sobre el autor de Los gemidos, hecha en 2007, por Mauricio Gómez, de la Universidad de Playa Ancha: El pensamiento estético en Pablo de Rokha. Aun así, De Rokha no alcanza al público, ni forma parte del imaginario nacional, en tanto el mito y la gravitación del Neruda real no cesan de crecer.


El nombre del vate nacido en Licantén lo lleva una población popular, como él hubiera querido, y aparece en los letreros de las micros que llegan a ese remoto sector de la avenida Santa Rosa. Desconozco si sus aporreados habitantes saben de la pasión rokhiana, de sus excesos, de su suicidio, de su existencia llovida y desolada, del trágico destino de dos de sus hijos, de la muerte de su mujer, Winétt, de la autoedición y autoventa de sus obras por los campos y los barriales del sur chileno, cambiándolos en las cantinas y en las estaciones de trenes por provisiones. Un huaso épico y hambriento, de insaciable sed, devorador y trotamundos, desmesurado y tierno, bonachón y bramador. Sin duda, todo un hombre.


Como puede, buena parte de la obra rokhiana se sustenta en el correlato ideológico, en mayor medida que la del vate nacido en Parral. Su vaivén político fue mayor que el de Neruda. Abjuró del marxismo para después abrazarlo; adoró a Stalin y a la Unión Soviética para, a continuación, repudiarlos y alinearse tras la gesta maoísta. Da la impresión que no podía no sólo vivir, sino ser, si no sentía tras suyo una estela de admiración y de discípulos. Paradojalmente no hizo escuela, y propuso, como pocos escritores chilenos, no sólo poetas, un credo estético y político a lo menos aceptable, desplegado a todo pulmón en los años que ocupó. En él está el deseo de estructurar una poesía nacional y popular bajo el alero de la escuela de su invención: El Barroco Popular Americano.


Neruda siempre rechazó la reflexión sobre el ser, el ethos de la poesía, tal vez por considerarse más intuitivo que racional, más cerca de la sangre que de la tinta, y cumplió su promesa de no dejar textos sobre el modo de escribir poesía. Su arte poética la replanteó innumerables veces, in situ, repartida dentro de sus libros. Si bien, a lo menos en Residencia en la tierra asimiló, y de qué forma, el espíritu y el lenguaje de las vanguardias.


De Rokha, está claro, asumió como buena parte de su generación —años más años menos— la dialéctica de la vanguardia. Como lo hizo el Cholo Vallejo, como lo hicieron Huidobro y Oliverio Girondo. Los gemidos es de 1922 y fue recibido por la crítica como un libro nauseabundo, un auténtico cúmulo de horrores y barbaridades. Desde allí empieza el choque del huaso que leía a Kant —como aparece De Rokha enmascarado en Escritura de Raimundo Contreras—, no sólo con la crítica sino con cuanto pudiese contradecirlo. Embistió a todo lo que pudo. Nicanor Parra le hizo una verónica y se salvó de los cuernos del poeta a quien llamó «toro furioso» en su célebre “Manifiesto”: Nosotros condenamos / —y esto sí que lo digo con respeto—, la poesía de pequeño dios / la poesía de vaca sagrada / la poesía de toro furioso..., aunque la opinión de De Rokha sobre la antipoesía era tajante: «Es un pingajo desprendido del zapato del Cholo Vallejo».

Nada de mal, después de todo.

El libelo acusatorio Neruda y Yo aparece con el sello de la editorial Multitud, de la que era dueño De Rokha, en 1955, y es un tomo farragoso y con la estética del realismo socialista. Ha sido reeditado en 2007 por Ediciones Tácitas, Santiago de Chile.


Visto con la perspectiva del diseño actual, una antiestética. Páginas duras, saturadas, repletas de signos, reiteraciones y una cháchara que cansa hasta al más enconado detractor de Neruda. Llama la atención que encabece el libro con el título de Neruda y Yo, en ese orden, reconociendo explícitamente la superioridad del contendor. ¿Supo el residente de Isla Negra de este horror? Es probable. ¿Lo leyó? Lo es menos. A la par, y en 1966, once años después, otro barquinazo —el odio seguía intacto—, un opúsculo editado bajo el mismo sello Multitud: Tercetos dantescos a Casiano Basualto. Tercetos con rima, que le habrán costado no pocos desvelos, destinados a repudiar al admirado y exitoso Neruda.


Parte designándolo como: «Gallipavo senil y cogotero /de una poesía sucia, de macacos/ tienes la panza hinchada de dinero».

En el plano ideológico lo despacha así: «¿Tú revolucionario? La pelota / Del trotskismo te cuelga del hocico / Enmascarándote. Y Lenin te azota».


En la comparación de los aportes de cada uno, proclama: «La épica social americana / La escribo yo, rugiendo pueblo adentro, / Con mi pluma-fusil (gran hacha humana)».
«Lo bautizaste como Guillermina / Al Mascarón” que oculta tus ‘apremios’ / De bailarín de la Tía Carlina».


En el plano de las ideas políticas es una disputa de la época el estalinismo versus el trotskismo, durante los años treinta, cuando la actitud radical de Trotski fue considerada una traición, puro revisionismo, y el líder del ejército rojo se exilió en México.


Los dos libros acusatarios de De Rokha contra Neruda constituyen un prontuario, para llevarlo acto seguido a un juicio, emitir un fallo, condenarlo y, en definitiva, ejecutarlo sin apelación posible. Todo aquello desde una postura beligerante que hacía rato no encontraba respuesta. Están destinados a demostrar su: oportunismo marxista, su condición de pitutero, de panzista, de chanta y aprovechador, de revolucionario de trasnoche, de burgués enmascarado, de mentiroso, de cínico e hipócrita a la vez, de plagiario, de mediocre, de rastrero ante sus amigos ricos, de enemigo de los trabajadores, etcétera.
En el capítulo más enconado, pues en esta carrera De Rokha se sobrepuja a sí mismo, “Bacalao y la Banda Negra”, aparece fustigado Alone —entre otras cosas por cantinflesco—, quien, puesto que le gustaron las Odas elementales, le perdona su comunismo. Por su parte, Neruda habría alterado algunos poemas para no molestar a sus amistades enquistadas en el poder y los negocios, todos conservadores, escribiéndolos dos veces o suprimiendo versos conflictivos para mostrarse políticamente correcto. De Rokha exhibe pruebas, diarios, recortes, citas y vuelve una y otra vez sobre la pérfida y falsaria condición humana y literaria de Neruda.


Más abajo se entrega, con su habitual frecuencia majadera, al delirio narcisista: «Cuando en 1949 yo planteé en Arenga sobre el Arte los términos categóricos del Realismo en Hispanoamérica, como consecuencia natural y lógica de haber venido yo realizándolo, yo venido experimentándolo, yo venido organizándolo en mis poemas durante cuarenta años...».


Por su parte Neruda, recatado y sobrio, lo menciona de este modo en sus Memorias: «No pocos torcieron por ese atajo su vida, hacia el delito o hacia la propia destrucción. Mi legendario antagonista surgió de ese escenario. Primero trató de seducirme, de embarcarme en las reglas de su juego. Tal cosa era inadmisible para mi provincianismo pequeñoburgués. No me atrevía y no me gustaba vivir del expediente. Nuestro protagonista, en cambio, era un técnico en sacarles el jugo a las coyunturas. Vivía en un mundo de continua farsa, dentro del cual se estafaba a sí mismo inventándose una personalidad amenazante que le servía de profesión y de protección. / Ya es hora de que nombremos al personaje. Se llamaba Perico de Palothes.» (Confieso que he vivido. Memorias. 1974).


De Rokha sigue siendo grandilocuente, retórico, furiosamente agramatical. Es posible rescatar fragmentos suyos de Los gemidos, del Canto del macho anciano, de Escritura de Raimundo Contreras, de Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile, de su credo estético estridente y anacrónico. El legado de Neruda gravita mucho más y resplandece en demasiados momentos y etapas.


Neruda lo dejó desgastarse, que corriera solo, que luchara como un boxeador contra su sombra. Lo dejó autovictimarse y degradarse. Está claro que no lo perdonó y del mismo modo el rencor rokhiano traspasó la muerte. ¿Exigía Neruda sólo una actitud reverencial? Da la impresión que no. Si bien sabía lo que pesaba.


Cuesta acceder al mundo lírico de Pablo de Rokha, a sus versos gigantescos, a sus poemas ciclópeos, eternizados en un despliegue metafórico furibundo, a su tremendismo, y se le ve, dolorosamente sin duda, hundirse más en el olvido impune.


Ha pasado harto más de medio siglo desde el inicio de la polémica. De Rokha se suicidó el año 1968 y Neruda murió un lustro después, en 1973.


Ambos yacen bajo tierra, equidistantes para siempre.


Mario Valdovinos, Universidad Finis Terrae
www.fundacionneruda.org/documentos/nerudiana_agosto09.pdf






martes, 26 de mayo de 2015

HIJO DEL SALITRE (Fragmento) - Volodia Teitelboim







“Elías se alojaba en casa de los tíos Lino Alfredo  y Juan Bautista, donde vivía también accidentalmente su hermana María Inés. Situada en calle Unión, entre Amunátegui y  Juan Martínez, detrás del Regimiento de Infantería Carampangue, era una casita muy pobre, de tres piezas. Sus propietarias, unas solteronas que vegetaban rezongando, ocupaban algunas habitaciones en el mismo paño de terreno, dividido por un sórdido pasadizo.

Elías casi no podía dormir. Le zumbaba la cabeza. Le parecía un desperdicio de tiempo roncar en medio de las cosas que estaban pasando. La confusión había desaparecido de su espíritu. El bombardeo de decires ni nada podían rebajar ante su corazón el verdadero significado de la extraña visita de los hombres de la pampa al puerto. El ahora sabía por qué y a qué venían. Cogió los innumerables susurros y los incorporó a su idea dramática para hacerla más grande. No podía maldecirlos. Eran él mismo. Rechazaba las malas palabras  como calumnias. E intuía que allí se abrían las páginas de una nueva época –como Ruiz había dicho- y él debería, por lo menos,  escribir la letra A o un palote de trazo enérgico en ellas.

Andaba por todas partes. Mascullaba presa de un gran amor. Recordaba a Ida, pero no mucho. Advertía que la huelga se había apoderado de él. Ida estaba por ahora arrinconada en una esquina de su alma. La verdad es que no se daba punto de reposo. No había tiempo ni espacio para ese amor.

Era ya un experto en horario de trenes. Acudía diariamente varias veces en medio de la muchedumbre a la estación a esperar la gente de la pampa, que seguía vaciándose como tonel roto. Y allí permanecía largo tiempo escuchando tocar a los músicos huelguistas sus estudiantinas, acordeones y contemplando tremolar las banderas a la entrada de la calle Bulnes. Luego marchaban a la escuela o a la plaza, donde todas las tardes se celebraban mítines.  

Cuando la locomotora asomaba resoplando a lo lejos cundía el alboroto y se precipitaban a dar la bienvenida, como si ellos fueran los dueños de la ciudad. La policía presenciaba  los encuentros a distancia, con aire en apariencia indiferente, sin decir “esta boca es mía”.

Para Elías ir a la estación se transformó en alegre rito. Veía a los pasajeros bajo un tamiz heroico, hermosamente coloreado. Respiraba una gozosa libertad, que nunca antes soñó que existiera.  Los pobres de Iquique se habían hecho un solo ser con los huelguistas. Miraban intermitentes hacia las colinas. Cuando columbraban pampinos descolgarse sobre el puerto, la gente llenaba a prisa sus jarros de agua y salía a recibirlos porque sabía que llegaban muertos de sed. Hubo miembros de la mancomunal que llevaron hasta 16 huelguistas a compartir su mesa y sus camas, generalmente en el suelo pelado y los patios.  Iban a mariscar a Cavancha, no sólo para suplementar la cocinas, sino para volverse también pescadores por unas horas. Algunos comerciantes vendían a mitad de precio, y en ciertos casos regalaban el pan cotidiano. Era ya muy difícil distinguir a los iquiqueños de los pampinos. Acudían mañana y tarde a aguardar los trenes  tras las enseñas de las sociedades de resistencia. Abrían filas para que avanzaran los recién llegados. Iban a la escuela y se sentaban a oír  las historias hasta la hora de almuerzo o de comida. Mientras afuera rondaban los húsares, Elías entraba y salía como Pedro por su casa y allí escuchó de nuevo, con mayores detalles,  la noticia de las muertes en Buenaventura:  ….”


Hijo del Salitre. Volodia Teitelboim Premio Nacional de Literatura 2002.  Colección Clásicos de la Novela Social Chilena. LOM Ediciones.




domingo, 24 de mayo de 2015

LLAMAS DE UN MISMO FUEGO - Tulio Mendoza Belio




Tulio Mendoza Belio
Palabra previa (fragmentos)

"No sé cómo se me fue imponiendo, en los últimos meses, casi misteriosamente, la clásica forma del soneto. Para repetir un lugar común (aunque no sea del todo cierto): la prueba de fuego que debe sortear todo verdadero poeta."

"Pero, en los últimos meses, reitero, los sonetos me brotaban con increíble facilidad, como si hubiera una disposición anímica predeterminada a recibirlos y yo tuviera tan sólo que llevarlos al papel o más bien a la hoja virtual del notebook."




SONETO DEL MILAGRO
                                           (Al poeta Roberto Juarroz)

Eres siempre un milagro que trasunta
de lo insólito real e imprevisto,
que no teme lo que ve, lo que ha visto,
ni pretende respuesta ni pregunta.

Se ilumina la vida, se prepara,
abierta, disponible y entregada,
donde el silencio ya es voz escuchada,
y el ciego ve y la muerte se repara.

En cualquier momento todo es posible,
no hay un tú ni un yo ni un algo, sucede
lo que nos pasa sin saber que pasa

todo el tiempo, un aletear que puede
hacer de aquella nada un todo audible,
una forma del arte que traspasa.



EN TU AUSENCIA TRISTEMENTE ME ADENTRO

Sólo una sombra, una sombra a mi lado,
anudada en un silencio feroz,
aciago recuerdo que como un dado
sobre mi suerte tira otro peor.

Ahora nada será como entonces
cuando entonces eras tú junto a mí,
la puerta ha sellado su ojo de bronce
y la noche llueve frío sin ti.

Y en tu ausencia tristemente me adentro
en un país borroso, solo y gris,
hay un agua de sal en ese centro,

hoja de navaja, hoja de marfil
para siempre sombra fiel de un espectro
que no ve tu rostro, que no es feliz.


SONETO DE TODOS LOS ENCUENTROS

Esa fuente en la que bebes de noche
como un devoto en un altar de carne,
esa puerta ya desnuda se te abre
al roce de tu lengua de trasnoche.

Y tiembla es caverna humedecida
en su yodo, sus algas, sus vaivenes,
mientras con fuerza y ternura sostienes
toda la barca en su delirio herida.

Te place el estertor frente a los ojos
que cierras para escuchar los adentros
de otro mundo, ese bosque tembloroso

que te embiste con todos sus cerrojos.
Y crece tu llave, dedo aceitoso,
en la guerra de todos los encuentros.


Llamas de un mismo fuego (Sonetos). Ediciones Etcétera, Concepción, Chile - 2011


martes, 7 de abril de 2015

Recordando a la Divina Gabriela


Gabriela Mistral

En el 126ª aniversario de su natalicio.

COMO ESCRIBO

"Yo escribo sobre mis rodillas y la mesa escritorio nunca me sirvió de nada, ni en Chile, ni en París, ni en Lisboa.
Escribo de mañana o de noche, y la tarde no me ha dado nunca inspiración, sin que yo entienda la razón de su esterilidad o de su mala gana para mi.
Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro de casa; siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y Europa me da borroneado. Mejor se ponen mis humores si afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles.
Mientras fui criatura estable de mi raza y mi país, escribí lo que veía o tenía muy inmediato, sobre la carne caliente del asunto. Desde que soy criatura vagabunda, desterrada voluntaria, parece que no escribo sino en medio de un vaho de fantasmas. La tierra de América y la gente mía, viva o muerta,  se me han vuelto un cortejo melancólico pero muy fiel, que más que envolverme, me forra y oprime y rara vez me deja ver el paisaje y la gente extranjeros. Escribo sin prisa, generalmente, y otras veces con una rapidez vertical de rodado de piedras en la Cordillera. Me irrita, en todo caso, pararme, y tengo siempre al lado, cuatro o seis lápices con punta porque soy bastante perezosa, y tengo el hábito regalón de que me den todo hecho, excepto los versos.

En el tiempo en que yo me peleaba con la lengua, exigiéndole intensidad, me solía oír, mientras escribía, un crujido de dientes bastante colérico, el rechinar de la lija sobre el filo romo del idioma.
Ahora ya no me peleo con las palabras sino con otra cosa. He cobrado el disgusto y el desapego de mis poesías cuyo tono no es el mío por ser demasiado enfático. No me excuso sino aquellos poemas donde reconozco mi lengua hablada, eso que llamaba Don Miguel el vasco, la "lengua conversacional" .

Corrijo bastante más de lo que la gente puede creer, leyendo unos versos que aun así se me quedan bárbaros. Salí  de un laberinto de cerros y algo de ese nudo sin desatadura posible, queda en lo que hago, sea verso o sea prosa.

Escribir me suele alegrar, siempre me suaviza el ánimo y me regala un día ingenuo, tierno, infantil. Es la sensación de haber estado por unas horas en mi patria real, en mi costumbre, en mi suelto antojo, en mi libertad total.

Me gusta escribir en cuarto pulcro, aunque soy persona harto desordenada. El orden parece regalarme espacio, y este apetito de espacio lo tienen mi vista y mi alma.

En algunas ocasiones he escrito siguiendo un ritmo recogido en un caño que iba por la calle lado a lado conmigo, o siguiendo los ruidos de la naturaleza, que todos ellos se me funden en  una especie de canción de cuna.

Por otra parte, tengo aún la poesía anecdótica que tanto desprecian los poetas mozos.
La poesía me conforta los sentidos y eso que llaman el alma; pero la ajena mucho más que la mía. Ambas me hacen correr mejor la sangre; me defienden la infantilidad del carácter, me aniñan y me dan una especie de asepsia respecto del mundo.

La poesía es en mí, sencillamente, un regazo, un sedimento de la infancia sumergida. Aunque resulte amarga y dura, la poesía me lava de los polvos del mundo y hasta de no sé qué vileza esencial parecida a lo que llamamos el pecado original, que llevo conmigo y que llevo con aflicción."


Fragmento de Materia de Escritura de la antología de Poesía y prosa de Gabriela Mistral. Compilación de Jaime Quezada. Fondo de Cultura Económica.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Poemas de Dante Cuadra

Veintinueve

Me bebí toda el agua mineral
me tomé todos tus cafés
me tomé todos los míos
sin embargo
definitivamente
lo que me complicó el hígado
fue
el silencio de la tarde


Tenacidad

Esta pequeñita y diaria muerte mía
que no es causal de divorcio
de despido
ni de hacer cama
ni nada
lame mis huesos
sin ningún consentimiento
que no sea el propio

Deliciosamente pulcra
como bailarina
me restituye cada día a lo que soy
y así como porfiadamente vivo
también obstinada y largamente muero


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Por viaje prolongado vendo
mueble grande    con casa
ventanas interiores gastadas
un espejo en el suelo
un cuadro desolado
dos lluvias en el patio
              vacío de aire
una mata de cardenales
un anciano
y cuatro fantasmas inofensivos
Cualquier acuerdo es bueno



Dante Cuadra, Del libro "Zurdo puertas afuera" - Editorial Universitaria.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Palacio de La Alhambra en Santiago de Chile - breve historia

Palacio de La Alhambra. El sueño de un minero.


En Compañía entre Teatinos y Amunátegui, aún está en pie este capricho arquitectónico del siglo pasado, que trata de emular al famosísimo palacio y fuerte granadino. Abigarrada al máximo, la edificación fue uno de los primeros exabruptos urbanos del viejo Santiago, colonial, sobrio y achaparrado.

Fachada del Palacio de La Alhambra


Imitaciones arquitectónicas de Europa ha habido varias en Santiago, y de variado calibre. La iglesia de los Sacramentinos -en Arturo Prat- es una réplica en cemento del Sacre Coeur parisino. No deja de ser una alegría divisarla iluminada por las noches, desde cualquier punto remoto. En la esquina de Alameda y Estado estuvo el Palacio Undurraga, de un gótico narrativo y tenebroso. Fue hecho a semejanza del City Hall de Munich. La inconsciencia nacional lo echó abajo a mediados de los años 70 y puso en su lugar un edificio borroso y dome.

La Alhambra, en la calle Compañía, es por cierto un duplicado a escala del célebre palacio morisco de Granada. Lo hizo construir en 1863 el opulento minero Francisco Ignacio Ossa y tuvo el ánimo de vivir durante dos años en sus musulmanas atmósferas. La mansión fue inaugurada con un baile-monstruo, de disfraces, en el que estuvo medio Santiago y donde se vio a Diego Barros Arana ataviado como  miembro del Directorio.

La idea de levantar un palacete oriental es muy de la imaginación de mineros, infestada de romanticismo. Puertas de cedro, columnatas, capiteles y una jerigonza de arabescos en el cielo raso con leyendas de Alá y poemas arábigos dan la tónica de la casa de Ossa. Es difícil hacerse una idea de cómo habrá sido -fuera de las fiestas- la vida de los hombres más ricos del pasado siglo, dueño de la historiada hacienda de Bucalemu y brazo derecho de José Manuel Balmaceda. Vicuña hizo algunos arreglos en La Alhambra y empedró la entrada a la casa con las tabas de los corderos de su hacienda.

Es fácil entender que la revolución del 91 fue para Vicuña un episodio negro. Su ornamentada residencia  fue un festín para los saqueadores  carboneados por elementos de la facción triunfante. Cuadros, estatuas y mobiliario fueron arrojados  a la calle por las hordas armadas de machetes, sedientas de venganza. Libros y cortinajes animaron improvisadas hogueras y no faltaron quienes quisieron extender  el fuego a la casa de una buena vez.

Fuente de los leones


Después Vicuña partió al exilio y el palacete fue ocupado para cuartel de caballería. Dicen que la fuente de  los leones del segundo patio fue destinada a "olla grande" para la sopa de la soldadesca o a abrevadero de caballos.  Hondamente afectado, Vicuña no quiso saber más y en cuanto le fue restituido transfirió el palacio a Julio Garrido Falcón, quien vivió en La Alhambra durante treinta años. Conocedor de la manía demoledora de los santiaguinos, Garrido legó la propiedad en 1940 a la Sociedad Nacional de Bellas Artes, con la condición de hacerse cargo de la integridad del edificio. Durante años estuvo a la cabeza de esta entidad "el irreductible" Pedro Reszka, pintor que "siempre apuntaba sus fuegos contra las audacias iconoclastas  de la juventud".

Alguna vez, el incendio de varias propiedades vecinas estuvo a punto de dejarnos sin Alhambra para siempre. La mansión escapó con algunos daños producto del fuego y del agua, pero la pérdida en obras de arte fue significativa. La tarde del incendio podía verse a Reszka llorando sobre los escombros. No sólo los bomberos lucharon contra las llamas voraces, sino además los artistas. Al final,  en medio de los restos humeantes, el pintor José Caracci decidió levantar el ánimo de sus pares y sacó su libreto de cheques, dando el vamos a una suscripción solidaria con un aporte de cien mil pesos.


Tomado del libro "Santiago de memoria" de Roberto Merino.  Primera Edición de septiembre de 1997.  Editorial Planeta.


Nota: El Palacio de La Alhambra fue declarado Monumento Nacional en 1973 durante el gobierno de Salvador Allende quien sentía gran admiración por él.