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martes, 5 de septiembre de 2017

VÍCTOR HUGO 1802 - 1885. Un ensayo de Victoria Gonzáles Badani






UNA LECCIÓN DE COMPROMISO

                                  Es fácil ser bueno, lo difícil es ser correcto.
                                  Víctor Hugo  1802 -1885.

Desde antiguo, los personajes que se destacaron por sus condiciones extraordinarias, han influenciado en la vida de los demás, de un modo u otro.

Este personaje, todo un ejemplo de consecuencia,  nace en Besanzon - Francia.  Es uno de los hombres más influyentes en la historia de su país y de la literatura del siglo XIX.   El legado que nos dejó  en sus obras, en especial,  la  más representativa de su espíritu “Los Miserables” es un llamado a las conciencias a defender los valores superiores desde “el lugar en el que nos encontremos, por muy modesto que éste sea y la situación socio-histórica que vivamos”.  

Víctor Marie Hugo – Víctor Hugo, nace el  26 de febrero de 1802, fue un poeta, dramaturgo, dibujante y escritor romántico, considerado como uno de los escritores más importantes en lengua francesa y un político e intelectual comprometido.

Fue partidario del régimen monárquico, aunque poco después, se inclinó por adoptar ideas republicanas y humanísticas, las que cultivó y conservó  durante su vida.

A los 14 años se despertó su vocación literaria, con su obra “Seré Chateaubriand o nada”. Se refería a Francois-René Chateaubriand, considerado el padre del romanticismo francés. Su obra, era modelo de perfección para el propio Víctor Hugo, concepto que persiguió con verdadera pasión y que fue el que lo hizo grande. Decía que “era necesario seguir un ideal, hacer bien las cosas y poner la mirada en alto para levantar el vuelo”.  

En 1819, junto a sus hermanos, fundó la revista “El conservador literario”, adjudicándose ese mismo año el Premio de la Academia de los Juegos Florales.  Tenía 17 años.  
   
En su obra inicial, se destacan “Odas  poesías  y Baladas”, su poesía lírica y épica.  Entre sus novelas “Nuestra Señora de París” (1831),  una genial descripción del París de Luis XVI, y en obras posteriores,  “Napoleón el pequeño” (1852), “La leyenda de los siglos” (1859-1883) denuncia en tono satírico,  el reinado de Napoleón III, del que era muy crítico. Lo consideraba un líder autoritario e ineficaz que llevó a Francia a dudosas y desastrosas  aventuras militares en el extranjero. Su novela, “Los miserables” (1862), es una enconada defensa de las clases más desfavorecidas,  que contribuyó a la morigeración de las leyes penales francesas; “si los tratáis como bestias, así se comportarán” sentenciaba.
                        
Entre sus obras teatrales más representadas está “Cromwell” (1827), “Hernani” (1830), que enfrentó a los partidarios del teatro clásico y los románticos convencionales;  Marion Delorme (1831), que recibió la censura gubernamental, “El rey se divierte” (1832) adaptado por Verdi para su ópera Rigoletto en 1851 y “Ruy Blas” (1838). Las hojas de otoño (1832) o Las contemplaciones (1856) y  Los castigos (1853)  evidente crítica contra Napoleón III.

Pronunció numerosos discursos sobre temas políticos,  la defensa del litoral, la condición de la mujer, a favor de la escuela laica y gratuita, de la paz, del sufragio universal y contra la pena de muerte.
Vivió dolores y aflicciones propias y ajenas. El fallecimiento de su hija y su esposo, en un naufragio, cuya noticia la supo por la prensa a su regreso de un viaje a Valencia (España), lo sumió en una gran angustia, de la que nunca se recuperó. Tres años después escribió un hermoso soneto en su recuerdo.

Vivió también el exilio durante 20 años, al asumir Napoleón III,  Segundo Imperio francés (1852-1870), luego de un golpe de estado.

Sin duda, la gran obra, Los Miserables, protagonizado por Jean Valjean, lo convirtió en un personaje emblemático. La importancia, el mérito que tiene, es mucho más que un buen libro de lectura. Nos sumerge en el razonamiento sobre el bien y el mal, sobre la ley, la política, la ética, la justicia y la religión. Está inspirado en la vida de otro personaje tan real como él. Francois Vidocq, un criminal que acabó inaugurando la Policía Nacional francesa, organismo del que llegó a ser Jefe, encarnado por el Inspector Yavert.

 El primero, es el desgraciado que tras robar una hogaza de pan para llevar como único alimento a su familia, en años de agitación social, es detenido y condenado a 5 años de cárcel, que luego de un intento de fuga,  finalmente se convierten en largos 30 años. Pero la excarcelación no significaba necesariamente la libertad para un hombre de su condición. Tendría que aprender a vivir en un mundo desconocido, ajeno, hostil, al que cuestiona y odia por castigarlo por sobre su falta, sin derecho ni a ser escuchado.

El segundo, el Inspector, representa el deber en todo rigor, sin matices ni miramientos, producto de sus propios conflictos internos y ejerce una persecución implacable y obsesiva como única obligación.
Sin embargo, en el espíritu de Víctor Hugo, que también lo plasma en sus personajes, éstos se redimen, igual que el propio inspirador de ellos y ambos se reencuentran con la fe en el prójimo, en la vida y en Dios.

La impresionante biografía de F. Vidocq, dio cabida también, para que otros destacados escritores lo inmortalizaran; Alejandro Dumas, en “El Conde de Montecristo”, Balzac, en uno de los personajes de su magna obra “La Comedia Humana”.

Víctor Hugo, muere a los 83 años. La Tercera República le honró con un funeral de Estado, celebrado el 1 de junio de 1885, y la inhumación de sus restos en el Panteón de París, con la asistencia de más de dos millones de personas.

Nota: Mario Vargas Llosa, (hace aproximadamente 1 año) en una charla-entrevista, Cátedra Alfonso Reyes, Monterey – México- titulada “mis pasiones literarias”- dice, que la obra de Víctor Hugo, “no ha envejecido, que sigue vigente y que se han escrito tantos libros sobre él y su obra, (y se siguen escribiendo), que nadie viviría lo suficiente para leerlos todos. Sólo, los que registra la Biblioteca de Francia, tomaría entre 25 a 30 años, leyendo 16 horas diarias de lunes a sábado”.

Septiembre 2017.

Victoria Gonzáles Badani
Periodista y escritora





LOS MISERABLES EL MUSICAL, VUELVE A LOS ESCENARIOS ESPAÑOLES

Después de casi 30 años haciendo historia, el musical más célebre del mundo vuelve a los escenarios españoles.

Visto por más de 65 millones de espectadores, traducido en 22 idiomas y representado en más de 42 países, LOS MISERABLES es una historia atemporal y universal.

Esta nueva producción creada con motivo de su 25 aniversario, cuenta con una puesta en escena renovada que incluye, entre otros elementos, la proyección de los dibujos de Victor Hugo. Ahora llega por primera vez a más de 20 ciudades españolas.

Ambientada en la Francia revolucionaria del siglo XIX, LOS MISERABLES cuenta una cautivadora historia de sueños rotos, amor no correspondido, pasión, sacrificio y redención.

                   
Ha dicho la crítica:
"Espléndido" – EL PAÍS
"Una de las producciones más memorables de los últimos 25 años" – LA VANGUARDIA
"Un paso enorme para el género en España" – EL PAÍS
"Emoción es la palabra que mejor define este espectáculo" - ABC
"Los Miserables tiene una riqueza musical que fascina"- EL MUNDO
"Un musical que hace historia" – NEWSWEEK


lunes, 19 de octubre de 2015

Teresa Wilms Montt - Crónica de un desenlace anunciado

Teresa Wilms Montt


Nada tengo, nada dejo, nada pido.
Desnuda como nací me voy,
tan ignorante de lo que en el mundo había.


Teresa Wilms Montt (1893-1921)


Entrar en su mundo, el mundo de su obra y vida, es incuestionablemente el mismo. Un mundo que le fue adverso desde siempre, desde antes, como diría ella, cuando en su infancia, con particular sensibilidad, teniéndolo todo, no tenía nada, carecía hasta de lo más anhelado, a toda edad, pero especialmente en la infancia, el cariño de sus padres. Es una niña solitaria e infeliz, que irremediablemente tendría efectos en su vida futura.

María Teresa de las Mercedes – Teresa Wilms Montt - nació en Viña del Mar, el 8 de septiembre de 1893. Murió en un Hospital de Paris el 24 de diciembre de 1921, la causa, sobredosis de somníferos y tranquilizantes. Tenía 28 años. Hija de Federico Guillermo Wilms y Brieba, de origen alemán, magnate de buques y de Luz Montt y Montt, de familia aristocrática y extraordinaria belleza. La vida de Teresa transcurría entre el lujo y la opulencia. En esa estructura familiar- social, fue educada por institutrices de origen europeo ( escandinavas, francesas e inglesas) severas en su trato y profesores privados. Una de ellas, antigua actriz francesa, le influyó considerablemente, en el amor por el bell canto y el arte histriónico. De esta instrucción se colige, su hablar con fluidez varios idiomas.

Teresa, la segunda de 7 hermanas, fue la predilecta de su padre, que la llamaba Tereso, en ausencia del hijo varón que no tuvo. Pero ni esa predilección permitió siquiera entender el alma de una hija que desde niña se mostró deseosa e interesada en leer, estudiar y ya en su adolescencia, con mucho más rebeldía, cuestionar el boato y las normas rígidas que se imponían y su evidente desprecio por las reglas convencionales. En sus ansias por saber, ante la prohibición explícita de sus progenitores, sacaba a hurtadillas los libros para leerlos de noche, en la seguridad de su habitación.

En su Diario I, redactado en Francés - “Iniciación”- su primer diario de vida, cronológicamente, plasma todos los aspectos de su niñez y adolescencia. En él, describe el universo de su hábitat y su observación del mundo de los adultos. El análisis que hace de sus progenitores e instructoras, trasunta certeramente esa observación y su enorme capacidad e inteligencia. Teresa no conoce las ternuras, su madre es rígida; sus miradas insaciables de caricias, “se deslizan en la fisonomía materna, como la luz en una estatua”. El padre, ingenuo y noble, sonríe con bondad, “pareciendo dejar siempre en su ternura huellas de nieve”. “Demasiado absorto en las preocupaciones de la vida material, no percibe con qué angustia presenta su hija, sus mejillas a sus besos”.
La fría indiferencia que rodea su vida en que el cariño tiene tanta importancia, provoca un vacío en su espíritu y la sensación de soledad, que no la abandonaría. “Está convencida que tendrá que recorrer sola el camino de la vida, sin apoyo moral y sin afecto”.

En 1906, cuando Teresa tenía 7 años, ocurrió el terremoto que devastó las ciudades de Valparaíso, Viña del Mar y alrededores, seguido de una fuerte tempestad y maremoto, ocasionando mayores daños aún. El recuerdo de esa noche, -que no le afectó anímicamente como a sus hermanas y demás familiares-, contado con claridad y sensibilidad, resultó ser, además, una aportación histórica.

A los 17 años, perdidamente enamorada y, contra la voluntad familiar, contrajo matrimonio, privadamente, con Gustavo Balmaceda Valdés. Pasada la euforia de la pasión amorosa, las diferencias en la pareja no tardaron en aparecer. Discusiones, desacuerdos, celos y maltratos físicos y psíquicos fueron la constante en la relación, de la que, 9 meses después, nació Elisa, la primera hija de la pareja. La tensa situación que vivían, motivó el traslado a Iquique, con el propósito de alejar a Teresa de los asedios amorosos e hipotéticos rivales y apartarla de la bohemia. Ella aceptó con la intima esperanza que la novedad del cambio, le traería nuevos estímulos para soportar la vida de pareja. Declara en su diario que “fue una época simpática y desgraciada”. Agradable porque le permitió llevar una vida cultural; dar conciertos, ir a la Filarmónica, al Teatro Municipal, visitar hospitales y, desdichada porque las disputas, celos y maltratos del marido se agravaron, a tal punto que Teresa tuvo que refugiarse con su hija, en casa de una amiga “su Hada”, donde nació Sylvia Luz, su segunda hija, a los 7 meses de gestación.
Ante la inminencia del quiebre matrimonial, Gustavo escribe a la familia de Teresa. En una decisión familiar, los Balmaceda y sus propios padres –Wilms-Montt- deciden su encierro en el Convento de la Preciosa Sangre de Santiago, con la acusación de posible adulterio y la imposibilidad de ver a sus hijas, las que fueron enviadas donde sus abuelos paternos.

En el claustro, conocieron su tragedia emocional, un primer intento de suicidio y su singular expresión: "...Es mi diario. Soy yo desconcertadamente desnuda, rebelde contra todo lo establecido, grande entre lo pequeño, pequeña ante lo infinito.../ Soy yo..." nos dice Teresa Wilms en "Paginas de mi Diario".

Luego de 8 meses, gracias al apoyo de Vicente Huidobro, sale subrepticiamente del Convento, para autoexiliarse en primera instancia en Buenos Aires.

La poeta, en sus veintiocho años de vida escribió varios libros, hoy inencontrables. Entre su obra podemos mencionar además de "Páginas de mi Diario": "Inquietudes Sentimentales" (1917); "En la Quietud del Mármol" (1918) y "Anuarí" (1918), con prólogo de Valle Inclán.

“Desconocida y subestimada Teresa Wilms, ha permanecido en la trastienda de un ominoso e injustificado olvido, en un país que luce con orgullo dos premios Nobel de Literatura –Ruth González Vergara –ensayista y poeta”.

Victoria Gonzáles Badani.
septiembre 2013.


Notas referenciales (entre comillas) pertenecen a Ruth González Vergara, del libro Teresa Wilms Montt – Obras Completas.

sábado, 11 de julio de 2015

Pablo de Rokha, un antinerudiano delirante




Los antinerudianos, digamos  los profesionales se dividieron en obsesivos como Ricardo Paseyro,  y delirantes, sin duda comandados por Pablo de Rokha. ¿De dónde surgió ese, a primera vista, odio parido? ¿Esa virulencia desaforada? ¿Tal rechazo absoluto? Detrás de tanta energía malgastada están, a no dudarlo, la envidia y una indesmentible admiración. Creo que se atribuye a Napoleón una frase decisiva: 

«La envidia es una declaración de inferioridad».

Fiebres como las que padeció De Rokha por todo cuanto oliera a nerudiano no son fáciles de hallar en la historia de la literatura universal. Tal vez Góngora contra Quevedo, en el Siglo de Oro; Lope de Vega contra Calderón de la Barca y Tirso de Molina contra Cervantes, en el Barroco; Shakespeare contra Marlowe en los años isabelinos, pero no llegaron al nivel de la fijación.


El apodo que recibió Neruda, mientras vivía, sin duda ingenioso, no contribuyó a humillarlo ni menos a destruirlo: el Bacalao. Para sus adversarios o enemigos era como una cucharada sopera de aceite de bacalao, remedio bárbaro que padecieron varias generaciones de niños.
—Para fortalecerlos, se decía.


En la otra punta, y con el mismo frenesí, están los chambelanes del Vate, secretarios, celestinos, trotaconventos, emisarios, recaderos, aduladores y acechantes varios que lo orbitaban. Su personalidad magnética generaba esos mundillos y da la impresión que atendía a unos y a otros.


Neruda fue sabio en no alargar la disputa y el conflicto histórico con De Rokha y lo enfrentó sólo hasta donde era prudente hacerlo, los años juveniles, dejando testimonio también de su certeza e imaginación para insultar con estilo y elegancia, para dar la estocada donde debía darla, para practicar el legendario arte de la diatriba, para derramar sobre el alterado De Rokha la respuesta vitriólica.


De Rokha captó temprano la fuerza hipnótica no sólo de la palabra poética nerudiana, sino también de su personalidad literaria. Ambos eran de egos monumentales, por lo tanto poseedores de personalidades inseguras, criados bajo esquemas familiares y sociales propios de los patriarcas decimonónicos. En el caso de De Rokha con frailes de por medio. Fue expulsado del seminario por sus lecturas anticlericales, en especial Nietzsche, y como en el caso del autor de Canto general poesía y vida resultan difíciles de separar. Biógrafos, exégetas y académicos las revisan con un afán incesante, las de Neruda, sin que ocurra lo mismo con su histórico adversario.


La polémica entre los dos poetas ha merecido poco espacio dentro del comentario crítico que vaya más allá de las páginas de los diarios, salvo el libro de Faride Zerán, La guerrilla literaria, tal vez porque se la ha considerado como periférica y de escasa gravitación intelectual, tomando en cuenta que el arte de impugnar al adversario, en nuestro país, tiene su máxima expresión en la actitud disolvente del chaqueteo criollo. De hecho, ambos contendores de esta más bien unilateral polémica fueron chaqueteados hasta el paroxismo. Neruda se sobrepuso, pero no así De Rokha que murió ninguneado. Y lo sigue estando post mortem.


En un rincón del ring algunas veces estuvo Neruda, en el opuesto aparece De Rokha, desconocido, menospreciado, aunque posee una obra y una propuesta que tienen excelentes momentos. No obstante, el conjunto de su legado, a pesar de los textos de reflexión consagrados tanto a su vida como a su obra, donde se destacan los de Antonio de Undurraga y de Fernando Lamberg, no logra no sólo crecer, sino ni siquiera despegar. Tal vez el más penetrante estudio sobre el conjunto de su obra sea Una escritura en movimiento (1988) a cargo del crítico e investigador Naín Nómez y merece destacarse la brillante tesis sobre el autor de Los gemidos, hecha en 2007, por Mauricio Gómez, de la Universidad de Playa Ancha: El pensamiento estético en Pablo de Rokha. Aun así, De Rokha no alcanza al público, ni forma parte del imaginario nacional, en tanto el mito y la gravitación del Neruda real no cesan de crecer.


El nombre del vate nacido en Licantén lo lleva una población popular, como él hubiera querido, y aparece en los letreros de las micros que llegan a ese remoto sector de la avenida Santa Rosa. Desconozco si sus aporreados habitantes saben de la pasión rokhiana, de sus excesos, de su suicidio, de su existencia llovida y desolada, del trágico destino de dos de sus hijos, de la muerte de su mujer, Winétt, de la autoedición y autoventa de sus obras por los campos y los barriales del sur chileno, cambiándolos en las cantinas y en las estaciones de trenes por provisiones. Un huaso épico y hambriento, de insaciable sed, devorador y trotamundos, desmesurado y tierno, bonachón y bramador. Sin duda, todo un hombre.


Como puede, buena parte de la obra rokhiana se sustenta en el correlato ideológico, en mayor medida que la del vate nacido en Parral. Su vaivén político fue mayor que el de Neruda. Abjuró del marxismo para después abrazarlo; adoró a Stalin y a la Unión Soviética para, a continuación, repudiarlos y alinearse tras la gesta maoísta. Da la impresión que no podía no sólo vivir, sino ser, si no sentía tras suyo una estela de admiración y de discípulos. Paradojalmente no hizo escuela, y propuso, como pocos escritores chilenos, no sólo poetas, un credo estético y político a lo menos aceptable, desplegado a todo pulmón en los años que ocupó. En él está el deseo de estructurar una poesía nacional y popular bajo el alero de la escuela de su invención: El Barroco Popular Americano.


Neruda siempre rechazó la reflexión sobre el ser, el ethos de la poesía, tal vez por considerarse más intuitivo que racional, más cerca de la sangre que de la tinta, y cumplió su promesa de no dejar textos sobre el modo de escribir poesía. Su arte poética la replanteó innumerables veces, in situ, repartida dentro de sus libros. Si bien, a lo menos en Residencia en la tierra asimiló, y de qué forma, el espíritu y el lenguaje de las vanguardias.


De Rokha, está claro, asumió como buena parte de su generación —años más años menos— la dialéctica de la vanguardia. Como lo hizo el Cholo Vallejo, como lo hicieron Huidobro y Oliverio Girondo. Los gemidos es de 1922 y fue recibido por la crítica como un libro nauseabundo, un auténtico cúmulo de horrores y barbaridades. Desde allí empieza el choque del huaso que leía a Kant —como aparece De Rokha enmascarado en Escritura de Raimundo Contreras—, no sólo con la crítica sino con cuanto pudiese contradecirlo. Embistió a todo lo que pudo. Nicanor Parra le hizo una verónica y se salvó de los cuernos del poeta a quien llamó «toro furioso» en su célebre “Manifiesto”: Nosotros condenamos / —y esto sí que lo digo con respeto—, la poesía de pequeño dios / la poesía de vaca sagrada / la poesía de toro furioso..., aunque la opinión de De Rokha sobre la antipoesía era tajante: «Es un pingajo desprendido del zapato del Cholo Vallejo».

Nada de mal, después de todo.

El libelo acusatorio Neruda y Yo aparece con el sello de la editorial Multitud, de la que era dueño De Rokha, en 1955, y es un tomo farragoso y con la estética del realismo socialista. Ha sido reeditado en 2007 por Ediciones Tácitas, Santiago de Chile.


Visto con la perspectiva del diseño actual, una antiestética. Páginas duras, saturadas, repletas de signos, reiteraciones y una cháchara que cansa hasta al más enconado detractor de Neruda. Llama la atención que encabece el libro con el título de Neruda y Yo, en ese orden, reconociendo explícitamente la superioridad del contendor. ¿Supo el residente de Isla Negra de este horror? Es probable. ¿Lo leyó? Lo es menos. A la par, y en 1966, once años después, otro barquinazo —el odio seguía intacto—, un opúsculo editado bajo el mismo sello Multitud: Tercetos dantescos a Casiano Basualto. Tercetos con rima, que le habrán costado no pocos desvelos, destinados a repudiar al admirado y exitoso Neruda.


Parte designándolo como: «Gallipavo senil y cogotero /de una poesía sucia, de macacos/ tienes la panza hinchada de dinero».

En el plano ideológico lo despacha así: «¿Tú revolucionario? La pelota / Del trotskismo te cuelga del hocico / Enmascarándote. Y Lenin te azota».


En la comparación de los aportes de cada uno, proclama: «La épica social americana / La escribo yo, rugiendo pueblo adentro, / Con mi pluma-fusil (gran hacha humana)».
«Lo bautizaste como Guillermina / Al Mascarón” que oculta tus ‘apremios’ / De bailarín de la Tía Carlina».


En el plano de las ideas políticas es una disputa de la época el estalinismo versus el trotskismo, durante los años treinta, cuando la actitud radical de Trotski fue considerada una traición, puro revisionismo, y el líder del ejército rojo se exilió en México.


Los dos libros acusatarios de De Rokha contra Neruda constituyen un prontuario, para llevarlo acto seguido a un juicio, emitir un fallo, condenarlo y, en definitiva, ejecutarlo sin apelación posible. Todo aquello desde una postura beligerante que hacía rato no encontraba respuesta. Están destinados a demostrar su: oportunismo marxista, su condición de pitutero, de panzista, de chanta y aprovechador, de revolucionario de trasnoche, de burgués enmascarado, de mentiroso, de cínico e hipócrita a la vez, de plagiario, de mediocre, de rastrero ante sus amigos ricos, de enemigo de los trabajadores, etcétera.
En el capítulo más enconado, pues en esta carrera De Rokha se sobrepuja a sí mismo, “Bacalao y la Banda Negra”, aparece fustigado Alone —entre otras cosas por cantinflesco—, quien, puesto que le gustaron las Odas elementales, le perdona su comunismo. Por su parte, Neruda habría alterado algunos poemas para no molestar a sus amistades enquistadas en el poder y los negocios, todos conservadores, escribiéndolos dos veces o suprimiendo versos conflictivos para mostrarse políticamente correcto. De Rokha exhibe pruebas, diarios, recortes, citas y vuelve una y otra vez sobre la pérfida y falsaria condición humana y literaria de Neruda.


Más abajo se entrega, con su habitual frecuencia majadera, al delirio narcisista: «Cuando en 1949 yo planteé en Arenga sobre el Arte los términos categóricos del Realismo en Hispanoamérica, como consecuencia natural y lógica de haber venido yo realizándolo, yo venido experimentándolo, yo venido organizándolo en mis poemas durante cuarenta años...».


Por su parte Neruda, recatado y sobrio, lo menciona de este modo en sus Memorias: «No pocos torcieron por ese atajo su vida, hacia el delito o hacia la propia destrucción. Mi legendario antagonista surgió de ese escenario. Primero trató de seducirme, de embarcarme en las reglas de su juego. Tal cosa era inadmisible para mi provincianismo pequeñoburgués. No me atrevía y no me gustaba vivir del expediente. Nuestro protagonista, en cambio, era un técnico en sacarles el jugo a las coyunturas. Vivía en un mundo de continua farsa, dentro del cual se estafaba a sí mismo inventándose una personalidad amenazante que le servía de profesión y de protección. / Ya es hora de que nombremos al personaje. Se llamaba Perico de Palothes.» (Confieso que he vivido. Memorias. 1974).


De Rokha sigue siendo grandilocuente, retórico, furiosamente agramatical. Es posible rescatar fragmentos suyos de Los gemidos, del Canto del macho anciano, de Escritura de Raimundo Contreras, de Epopeya de las comidas y las bebidas de Chile, de su credo estético estridente y anacrónico. El legado de Neruda gravita mucho más y resplandece en demasiados momentos y etapas.


Neruda lo dejó desgastarse, que corriera solo, que luchara como un boxeador contra su sombra. Lo dejó autovictimarse y degradarse. Está claro que no lo perdonó y del mismo modo el rencor rokhiano traspasó la muerte. ¿Exigía Neruda sólo una actitud reverencial? Da la impresión que no. Si bien sabía lo que pesaba.


Cuesta acceder al mundo lírico de Pablo de Rokha, a sus versos gigantescos, a sus poemas ciclópeos, eternizados en un despliegue metafórico furibundo, a su tremendismo, y se le ve, dolorosamente sin duda, hundirse más en el olvido impune.


Ha pasado harto más de medio siglo desde el inicio de la polémica. De Rokha se suicidó el año 1968 y Neruda murió un lustro después, en 1973.


Ambos yacen bajo tierra, equidistantes para siempre.


Mario Valdovinos, Universidad Finis Terrae
www.fundacionneruda.org/documentos/nerudiana_agosto09.pdf