miércoles, 6 de marzo de 2013

Gabriela Mistral - Poesía Religiosa - Invitación



INVITACIÓN
Presentación del libro: Miércoles 20 de marzo a las 19:00 horas en el Auditorio del Edificio Telefónica

PRESENTA:  
Pedro Pablo Zegers

COMENTAN:
Juan Cristóbal Romero  - Poeta 
Jaime Quezada  - Poeta 

Santiago de Chile - Av. Providencia 111
Estación Metro Baquedano

lunes, 18 de febrero de 2013

El arte del Sumie


Pintora: Luisa García-Hernández



El Sumie se originó en China el siglo V.  Los artistas de la época hacían sus bosquejos con tinta china y poco a poco fueron desarrollando el arte de aclarar la tinta con agua, crómicos para obtener sombras y el sentido de las distancias.  Esta fórmula se ha conservado hasta el día de hoy con el nombre de Sumie. A través de los siglos, la gente sigue obsesionada por la belleza que crea esta pintura. El arte del Sumie consiste fundamentalmente en combinar la mayor variación posible de tonos a partir de una tinta monocroma.  A pesar de que se pueden utilizar otros colores, estos son solamente un suplemento del color negro original.  Los antiguos maestros aconsejaban a sus discípulos, "pintar con tinta negra de forma que la obra final de la impresión de color".  El aclarado progresivo del color negro, produce el efecto de vitalidad presente en este arte tan singular.

A mediados del siglo XIII llegaron a Japón los monjes de la secta "Zen", quienes desembarcaron en esta tierra como misioneros con el objeto de predicar y extender su religión.  Esta secta es ampliamente conocida por la práctica de la meditación en forma muy particular, su teoría coincide con el tema principal del Sumie, la interpretación de la naturaleza, así pues, no es de extrañar que los monjes fueran los primeros en practicar el arte de la pintura en blanco y negro como medio para expresar sus iluminaciones espirituales.
Hoy existe una gran colección de pinturas que hemos heredado de nuestros antepasados, obras que han sido realizadas en gran variedad de objetos de adornos, tales como "kakemono" (colgaduras), biombos, abanicos, puertas correderas de papel (muy típicas de las casa japonesas); y otras realizadas en tela, tal es el caso de los bellísimos kimonos japoneses.

Pinturas de Luisa García

En el siglo XV el Sumie se encuentra en la cima de su evolución, y son famosas las escuelas de Kano, y los pintores Sotatsu y Sesshu, cuyas obras representan el Siglo de Oro de la pintura japonesa, sus obras se conservan, en gran parte, en los museos nacionales y templos budistas del país.  En esta época, ya no se conforman con reproducir simplemente un objeto o paisaje, sino que se dedican a representar un mundo sublime, idealizando la suavidad, ternura y sensibilidad del japonés.  Tal fue la perfección que alcanzaron que se dice que los ratones se comieron los alimentos pintados en una puerta corredora creyendo que eran reales.

Actualmente, el Sumie es una de las artes más refinadas y populares del Japón, practicada no solamente por artistas, sino por políticos, banqueros, amas de casa, etc., o sea, por todo aquel que busque la belleza a través de la tinta monocroma.  Si a Ud. le atrae el Sumie, está invitado a participar en la práctica de un arte que no tiene barreras ni fronteras, en donde puede mezclar lo moderno y lo tradicional, y estamos seguros de que disfrutará de momentos de gran paz espiritual.

El texto ha sido copiado de:  http://cablemodem.fibertel.com.ar/japon-a-la-carta/sumie-historia.html
Las pinturas son originales de Luisa García Hernández

domingo, 6 de enero de 2013

Invitación a la poesía del Poeta Eduardo Díaz Espinoza

Visite:
http://poetaantofagastino.blogspot.com/

martes, 11 de diciembre de 2012

Nothing





Sólo mi nombre
subyace en mi
existo
en el vacío natural
e inconmesurable
de la vida

Luisa García-Hernández



viernes, 10 de agosto de 2012

II. Del diario íntimo de Gabriela Mistral

Enlaza con el artículo anterior
Cuaderno Liminar (años diversos) Pág. 33 34



Entre las razones por las cuales yo no amo las ciudades –son varias-  se halla ésta: la muy vil infancia que regalan a los niños, la paupérrima, la desabrida y también la canallesca infancia, que en ellas tienen muchísimas criaturas.


Si  yo hubiese de volver a nacer en valles de este mundo, con todas las desventajas que me ha dejado  para la vida entre urbanos mi ruralismo, yo elegiría cosa no muy diferente de la que tuve entre unas salvajes quijadas de cordillera: una montaña patrona o unas colinas, ayudadoras de los juegos, o ese mismo valle de un kilómetro de ancho y dividido por la raya del pequeño río, como una cabeza femenina.


Por conservar sentidos vívidos y hábiles, siquiera hasta los doce años, a saber distinguir los lugares por los aromas; por conocer uno a uno los semblantes de las estaciones; por estimar las ocupaciones esenciales, que son, precisamente, las bellas, de los hombres antes de conocerles las suplementarias y groseras: el regar, el podar, el segar, el vendimiar, el ordeñar, el trasquilar.


Por entrar a los libros a los diez años, contando ya con una muchedumbre de formas y siluetas legítimas, a fin de que no se amueble la mente de nombres sino de cosas: cerro, vizcacha, guanaco, mirlo, tempestad, siesta. (El campo solamente posee la madrugada y la noche, por ejemplo).


Con el deseo de recibir el alfabeto de los sonidos, antes de que me den tontamente anticipada la música adulta.



A fin de que mis manos tomen posesión concienzuda y fina de los actos de las cosas, y se me individualicen cabalmente las lanas, los espartos, las gredas, la piedra porosa, la piedra-piedra; la almendra velluda, la almendra leñosa, y muchísimos cuerpecitos más, en las palmas conscientes.



La infancia en el campo, que avergüenza como un vestido de percal a nuestra gente cursi, la he sentido yo siempre, y la considero todavía, y cada día más, como un lujoso privilegio; agradeciendo la mía y deseando delante de cualquier niño que ya se endereza, el que la tenga semejante, cargada del mismo maravilloso que me ha sustentado a mis cuarenta años.




sábado, 14 de julio de 2012

I. Del diario íntimo de Gabriela Mistral

De los cuadernos de vida, recopilados por  Jaime Quezada en el libro "Bendita mi lengua sea. Diario íntimo".

Montegrande



Yo se que el Valle de Elqui adentro, que es en verdad mi pueblo, porque en Vicuña nací de casualidad, vive una misera incalificable, igual que la de todo Chile montañés que está lejos de las ciudades gastadoras y cursis. En la aldea de La Unión me hicieron. Y en la otra, Montegrande, me crié. Esta es la realidad. Y a Vicuña apenas la conozco, a no ser en un vago recuerdo atravesando de noche sus calles -a los siete años- con una velita en mis manos.

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Yo me crié en Montegrande, el penúltimo pueblo del valle de Elqui. Una montaña al frente y otra a la espalda. Y el valle estrechísimo y prodigioso entre ellas: el río, treinta casitas y viñas. Viñas.

De 3 a 11 años viví en Montegrande. Y ese tiempo y el de maestra rural en La Cantera me hicieron el alma.

El mar me gusta mucho menos que la montaña. No tiene silencio, dentro del cual una pone todo. Además, su inquietud casi me irrita.

La montaña me lo da todo. Me eleva el alma inmensamente, me aplaca y se me vivifica. En cada quebrada con sombra pongo genios de la tierra, poderes, prodigios.

El azul festivo del mar no me gusta. Todos los colores de mi montaña me gustan.


lunes, 2 de julio de 2012

Carta de Gabriela Mistral a Magallanes Moure



"Pero siempre, siempre, hubo en mí un clamor por la fe y por la perfección,
siempre me miré con disgusto y pedí volverme mejor.
He alcanzado mucho; espero alcanzar más."


Siempre pensé en que lo que es la flor misma, la coronación de mi religión, el amor a los seres está en Ud. mucho, mucho más que en mí. En Ud. es estado cotidiano, en mí florece después de luchas reñidas con mi ángel malo. Siempre lo vi como Ud. se me presenta: con un alma no viril (por virilidad entienden casi todos la rudeza) y sufre siempre que va por sus venas no la sangre espesa que da las pasiones comunes, los celos, los rencores, sino un zumo azul de azucenas exprimidas. Y vea Ud. cómo se cumple aquí cierta extraña ley según la cual llega a un paraje privilegiado un pobre anhelante atravesando diez países, y no llega, porque no le tienta o porque tiene cobardes los pies fuertes, el que está al mismo nivel del paraje aquel, separado de él por una pared frágil. Ud. no necesita ascender; está en el mismo plano, pero le repugna el esfuerzo y sobre todo un esfuerzo hacia cosas que le inspiran desamor. ¡El caso mío es tan diverso! Yo nací mala, dura de carácter, egoísta enormemente y la vida exacerbó esos vicios y me hizo diez veces dura y cruel. Pero siempre, siempre, hubo en mí un clamor por la fe y por la perfección, siempre me miré con disgusto y pedí volverme mejor. He alcanzado mucho; espero alcanzar más. ¿No ha pensado Ud. nunca que la fe sea un estado de vibración especial en el cual hay que ponerse para que el prodigio venga a nosotros o se haga dentro de nosotros? La materia necesita hallarse en tal o cual estado para quedar habilitada para tal o cual operación o transformación magnífica; en su estado natural es un imposible alterarla o realizar la maravilla que después se realiza. ¿No ha pensado Ud., cuando los descreídos alardean de no haber oído llamado alguno espiritual, que la fe mueva dentro de nosotros ocultos resortes, abra ventanas incógnitas que nadie sino ella pueda abrir, hacia lo desconocido? Ud. que sabe del amor a todo lo que vive habrá sentido que ese estado de simpatía es una felicidad. (Puede llegar al éxtasis.) Bueno; este estado de fe a que le he aludido se parece mucho a ese estado de arrobo que da ese amor. De ahí que el que ama se parezca mucho al que cree y de ahí que la fe pueda llenar el sitio que el amor debió llenar en un alma. Santa Teresa y los místicos conocieron, dentro de la exaltación espiritual, el estado del amor como el más apasionado de los mortales; no les quedó ignorado ese estado; tal cosa fue una inferioridad; lo conocieron enorme y arrebatador en sus éxtasis. Se parecen tanto el rezar y el querer intenso! El estado de exaltación en el que florece la oración, lo llevo yo a veces todo un día. Voy orando, orando; mi corazón y mi pensamiento son una llama que clamorea al cielo por trepar hasta Dios. Y esos son mis días de dicha intensa. Será que riego las cosas de mi amor y gasto raudales de espíritu; ello es que tengo después depresiones lastimosas. Y tanto como oí de luz cegadora veo después de entraña negra; ¡caigo tan alto como subí!; un hastío me roe el corazón, que un día antes fue una apoteosis y suelo llegar hasta la desesperación. No dudo de Dios, no; dudo de mí; veo todas mis lepras con una atroz claridad; me veo tan pequeña como los demás, escurriendo mis aguas fétidas de miseria por un mundo que es una carroña fofa. Sufro horriblemente. Sin embargo, estas etapas se hacen cada día más breves; ya no ocupan como antes años, meses, ni siquiera semanas. Yo he descubierto el enemigo: es la exaltación misma en el creer. Yo sé que Ja perfección no puede ser sino la serenidad. Y la busco, y la hallaré algún día. El arte daña para esta busca; el arte —y el de hoy más que otro— está impregnado de fiebre; convulsionado de una locura lamentable.


Yo no soy una artista, pero el ver estas cosas aún desde lejos daña. A mí me ha salvado la enseñanza. ¡Es tan vulgar y tan seca! Hay períodos en que yo trabajo salvajemente en cosas que ni aun necesito hacer, para gastarme esta exuberancia de fuerzas, para fatigarme el espíritu inquieto.

¿Por qué le hablo tanto de mí? No sé; me parece un deber mío mostrarle todo lo que de malo y de amargo yo alojo dentro. Cada día veo más claramente las diferencias dolorosas que hay entre Ud. —luna, jazmines, rosas— y yo, una cuchilla repleta de sombra, abierta en una tierra agria. Porque mi dulzura, cuando la tengo, no es natural, es una cosa de fatiga, de exceso de dolor, o bien, es un poco de agua clara que a costa de flagelarme me he reunido en el hueco de la mano, para dar de beber a alguien, cuyos labios resecos me llenaron de ternura y de pena.

Vea Ud., pues, cómo ésta que cree que siente a Dios pasar a través de ella como a través de un lino sutil, es tan miserable, tan llena de máculas al lado de Ud. y que no cree. Esto mismo ¿hará que a Ud. no le importe el creer? No, hará que Ud. lo desee porque si con mi escoria negra suelo yo hacer una estrella (entrar en divino estado de gozo espiritual) Ud. con su pasta de lirios a qué zonas entraría, qué corrientes de luz eterna atraería a su mar, qué vientos cargados de olor a gloria bajarían a su valle, si Ud. quisiera gritar con todas sus fuerzas creo?

No, yo no soy capaz de enseñarle nada y todo lo que puedo hacer por Ud. es matar sus ocios con cartas largas que le devoren una hora de fastidio.

La vida me ha dejado un guiñapo sucio de las ropas magníficas que mi alma debió tener y Ud. no puede, ¡no, por Dios, llamarme maestra! Si no fuera Ud. quien lo dice, me parecería una burla.

Respecto a los "Juegos Florales": me dolió lo que un anónimo me decía porque —y aquí le confesaré uno de mis fanatismos— se me decía allí farsante. Ponga Ud. en lugar de esa palabra cualquier insulto, cualquiera, y me quedo tranquila; pero nada he cuidado más celosamente que de ser presuntuosa y me he arrancado con pinzas calientes las pequeñas vanidades que me asomaban a flor de labios y de ahí que me exaspere la palabra farsante más que otra cualquiera. Sobre la publicación de la poesía, hay esto: Yo no he querido que la poesía se conozca, y esto por razones morales largas de contar. La he negado a varias publicaciones de provincia que me la pidieron. Sin embargo, alguien me la ha sacado de entre mis papeles y sé que la ha mandado a alguna parte. Por cierto que yo no he autorizado esto. Ni aun va firmada. Así, pues, agradézcole hondamente su bondadosa proposición y no la aprovecho por las razones dadas.

Le he dicho que tengo malos días. Este es uno y otros le han precedido. Hoy me he visto tan miserable que he desesperado de ser capaz de hacer bien. A nadie, a nadie puede dar nada quien nada tiene. ¡Dulzura! me he dicho. Pero si no la poseo. ¡Consolación! Si eres torpe y donde cae tu mano es para herir. Y este demonio me ha azuzado cruelmente. No es a los demás a quienes odio en estos días, es a mí, a mí. No sé; el negror de los pinares se me entró en el espíritu. A propósito. Corrija en ellos cambiando en "Así el alma era — tapiz sonrosado", tapiz por alcor. Debí empezar hablándole de unos ejercicios para su salud. Llenarán mi próxima. Espero lavarme de mi lodo de pesimismo y estar limpia para mi próxima. ¿Es verdad que Ud. mejora? ¿Usa Ud. también las mentiras piadosas de que me habla? El 4 de Frbro. me voy a Talcahuano, talvez dos días antes, talvez.

Rezo por Ud. esta noche, con fervor intenso.

L. Godoy


26 de En.