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Nicanor Parra (5 de septiembre de 1914) |
1954 parece ser una fecha clave en la
poesía chilena y de habla hispana en general; ese año se publicó Poemas y antipoemas, de Nicanor Parra, cuya
formulación literaria renovó la escritura poética vigente. En ese libro, Parra
se oponía al tono grandilocuente y al
lirismo solemne que en aquellos momentos dominaba -fundamentalmente la poesía de Neruda-, proponiendo textos que bajaban al poeta de su
lugar sagrado, lejos de su función
sacerdotal o de oráculo que la tradición le había otorgado.
A través de sus poemas, Nicanor Parra echaba
mano “al lenguaje de la tribu”, al
prosaísmo, a la coloquialidad, al decir de la calle. Así o revelan, entre otras
cosas, sus metáforas tomadas de la cotidianeidad ; “Por aquel tiempo yo rehuía las
escenas demasiado misteriosas/ Como los
enfermos del estómago evitan las comidas
pesadas”. A la vez, esta poesía sorprendía con la introducción de nuevos
elementos tales como la narración de historias banales, la referencia a objetos
domésticos, la autoironización, la burla…
Aquí no sólo se ponían en tela de juicio la herencia literaria y los
modos poéticos en uso, sino que también la cultura universal que aún creía en
el progreso y en la superioridad humana (“Porque, a mi modo de ver , el cielo
se está cayendo a pedazos”). Así, en la antipoesía entró el hombre común y
corriente con sus historias feas y brutales, inserto en un mundo absurdo que lo
trae y lo lleva sin sentido. El eco de Poemas y antipoemas no sólo se midió por
la transformación que produjo en la escritura contemporánea, sino también por
su acogida entre los lectores: la primera edición se agotó a los pocos días.
Nicanor Parra nació en San Fabián de
Alico en 1914. Fue profesor de Matemáticas y Física en la Universidad de Chile,
y Premio Nacional de Literatura en 1969. Las conversaciones fueron realizadas
entre diciembre de 1989 y abril de 1990, primero en su casa de Isla Negra
–donde vive casi la mitad del año- y después en La Reina, en Santiago. En total
fueron cinco largas sesiones –unas doce horas de grabación- de las que se
extrajeron aquellos temas más desconocidos y reveladores: las nuevas propuestas
de la antipoesía, la relación entre antipoesía
y la Física, algunas experiencias políticas y el estado en que se
encuentra su actual producción (“investigaciones”, las llama Parra).
…
Tu primer texto
público, por decirlo de alguna manera, fue el cuento “Gato en el camino”, que
apareció justamente en la Revista Nueva…
Eso fue el año 35, cuando yo tenía 20 años. Jorge era
el director de la revista y representaba al establecimiento, la Academia Literaria del Internado, es
decir, al superestablecimiento. Cuando él leyó el cuento, simplemente se negó a publicarlo.
Imagínate tú que el relato empezaba así: “Este era un gato. Una vez se
perdió por unos caminos. Llevaba sus patitas embarradas. En el camino
brillaban unas cucharas de té revueltas
con trompos”.
¿Lo encontraba
absurdo?
Él decía “Esto no tiene sentido, es absurdo”, e
incluso pensaba que yo me quería ir de la revista. Y Pedraza, entonces, me
apoyó hasta el extremo que dijo “Bueno, si esto no se publica, yo retiro mis
dibujos de la revista”. Fue muy notable su actitud, y muy importante para mí,
porque Pedraza estaba considerado como un niño prodigio de su tiempo. Tanto, que a los 14 años ilustró el
libro de lectura oficial de la época. Y así, durante uno o dos meses, el
proyecto se fue a las pailas. Hasta que un día apareció Carlos Oportus Durán,
un inspector mayor que nosotros, que también me apoyó, porque no estaba
totalmente “corrupto” por la Academia. Ahí Jorge tuvo que agachar la cabeza y
accedió, a regañadientes, a publicarlo.
¿Fue muy leído,
muy comentado?
Cuando apareció en la revista, todo el mundo lo
comentaba en el Internado; algunos
estaban sorprendidos y hasta escandalizados. Yo era un inspector, es decir, se
suponía que era un tipo que tenía un mínimo de estructura mental. Y resultaba
que no era así, porque después de la lectura de este cuento pensaban que el
autor era un tipo, como te dijera yo,
desquiciado, mucho peor que un alma en pena:
un pobre pelotas, no más. Mal que mal, un inspector tenía que ver ¡con
el orden del establecimiento! Este cuento servía para provocar la risa y la
burla de los lectores, no expensas de los personajes, como yo lo intentaba,
sino del autor. Así de un día a otro pasé a ser un centro de gravedad, de
cierta forma. A veces los alumnos del instituto me veían y decían “Mira, ahí va
Parra, el del “Gato en el camino”.
¿Había muchas
opiniones sobre el contenido del cuento?
Ahí pasó que toda la atención se centró en ese
cuento. Y el ensayo sesudo de Jorge Millas que apareció en ese número de la
revista, nadie lo leyó, porque ese tipo
de literatura estaba en todas partes. En cambio, esto era un anticuento, un
protocuento, un minicuento, pero no
tenía nada de cuento tradicional. Lo fundamental era que creían que yo no sólo
no sabía redactar, sino que tampoco sabía percibir. La percepción de la
realidad era insuficiente: el autor era un personaje anormal.
Solamente el
título ya es llamativo…
Fíjate tú en la estructura del título: “Gato en el
camino”. Ni siquiera “Un gato en el camino” ¿Qué es eso? Los gatos nunca se han
conocido en relación con un camino, sino puertas adentro. Pero precisamente en
esa distorsión, en ese enrarecimiento lingüístico y síquico, yo había elegido
operar.
Extracto del libro "Conversaciones con la Poesía Chilena, Autor: Juan Andrés Piña.
RITOS
Cada vez que regreso
a mi país
después de un viaje largo
lo primero que hago
es preguntar por los que se
murieron:
todo hombre es un héroe
por el sencillo hecho de
morir
y los héroes son nuestros
maestros
y en segundo lugar
por
los heridos.
Sólo después
no
antes de cumplir
este pequeño rito funerario
me considero con derecho a la
vida:
cierro los ojos para ver
mejor
y canto con rencor
una canción de comienzos de
siglo.
Nicanor Parra