domingo, 16 de enero de 2011

Emily Dickinson - Dos libros: Poemas a la muerte - Las cartas de Emily Dickinson

por María Ángeles Maeso.


Emily Dickinson nació 1830 en una pequeña población, Nueva Inglaterra, Amherst, donde transcurrió su vida de soltera entregada a la lectura y a la creación de una obra poética que no obtuvo lectores. Dos mil poemas, de los que sólo vio siete publicados, y un millar de cartas componen su legado literario. Murió en 1886, a los 56 años, en la misma casa en que nació y que compartía con su hermana, también soltera, en completo anonimato.

La vida en Amherst severa y monótona, sin bailes ni juegos, con sus damas vestidas de negro, era regida por la religión calvinista. La familia de Emily componía toda una institución puritana, el padre, educado en Yale, era un abogado que formó parte del Congreso de Washington; el abuelo, había fundado el College de Amherst guiado por la certeza de que era el medio más idóneo «para precipitar la conversión del mundo entero». Emily estudio en la Academia y posteriormente en el seminario femenino de South Hadley. Alguna vez viajó a Boston y a la sede del Congreso Americano. El resto es el extremado recogimiento con que se cerró al mundo.

Las biografías que incorporan anécdotas sobre sus fracasos sentimentales, tratando con ellas de explicar su férreo aislamiento, se contradicen y al parecer carecen de rigor. Apuntes biográficos como los de Ernestina Champourcín y Ernesto Domenchina, en su edición de 1946, recogen excentricidades de la poeta negándose a recibir visitas salvo que estas admitieran que Emily permaneciera como interlocutora fantasma en una sala oscura, invisible al visitantes; sin embargo, estos relatos parecen ser fruto más de leyenda que de realidad. Hace bien Rubén Martín en no perder el tiempo en su prólogo con estos supuestos.

Cierto es que la poeta se enluta, decidida a vestir de blanco, sin que se pueda afirmar que tal decisión partió del dolor que le supuso el traslado a California del pastor presbiteriano del que estaba platónicamente enamorada. Fuera por lo que fuera, no debió, en todo caso, resultarle muy difícil habitar la ausencia, ella ya había asumido algunos de los principios de la poética de Emerson, («las palabras son acciones también, y éstas son una especie de palabras») al que leyó guiada por Benjamín Kranklin, uno de los amigos de su padre. Vivir por y para la poesía es lo que ella decidió. Sus poemas son tan luminosos que nos permiten suponer esa apuesta por la libertad de pensamiento:


En el nº 486 explica:

«Allí podía coger la Hierbabuena

que no cesaba nunca de caer-

con sólo mi Canasta-

Dejad que piense- Sí, estoy segura-

De que eso era todo-

Nunca hablé -de no ser preguntada-

y respondía breve y levemente-

No soportaba vivir –vivir en voz alta-

me avergonzaba tanto el Alboroto-»

La soledad de su existencia fue pareja a la de su obra que no se editó íntegra hasta 1955. Ambas son extraordinarias. Cuando, en 1862, Thomas Higginson, el crítico literario de un periódico local recibió una carta y cuatro poemas de Emily Dickinson tuvo la impresión de estar ante un genio poético tremendamente original, imposible de clasificar. A tal extrañeza contribuiría la constante presencia de guiones, comillas o el uso caprichoso de las mayúsculas. Características tipográficas que vemos eliminadas en algunas ediciones y que respeta esta edición. Algo que no veríamos normalizado hasta bien entrado el siglo XX. Emily Dickinson era demasiado rara y tuvo que esperar a que la rareza se considerara un valor conjugable con lo sublime. En una de esas cartas al mismo crítico puede leerse: «Ellos (mi familia) son religiosos –excepto yo- y se dirigen a un eclipse, todas las mañanas, al que llaman Padre». Su poesía era extraña y hoy siguen sorprendiéndonos el laconismo de sus imágenes como relámpagos contundentes.

En su copiosa obra está presente el amor, la religión, la naturaleza y sus procesos, el pasmo ante la finitud de la vida o ante el más allá. Al ser recopilada se tituló Poemas y estos también carecieron de título. Las cifras que les identifican se ajustan a una mera ordenación cronológica. La reciente edición que ofrece Bartleby recoge 155 poemas de uno de los temas más tratados por ella: la muerte. Rubén Martín, en el prólogo, haciéndose eco de las palabras de Harold Bloom («exceptuando a Shakespeare, Dickinson demuestra más originalidad cognitiva que ningún otro poeta occidental desde Dante») precisa en qué radica el mérito y la originalidad de esta obra: una poesía de pensamiento que sin embargo indaga en lo que no puede ser pensado: la muerte, algo que jamás podremos conocer, salvo en sus alrededores, en las agonías como preliminares anunciadoras. Dickinson no desprecia nada para esta indagación condenada al fracaso: Observa el hecho en su materialidad, en su proceso biológico; prueba otros puntos de vista: Una foto religiosa, con fe en la inmortalidad incluida; otra sentimental, desesperada, examinando el abandono y el suicidio; otra con cierto distanciamiento irónico y humorístico… En todos los casos nos sacude llevándonos por los pasadizos del cerebro, más aterradores que cualquier mansión encantada, según dice ella en un poema. En su esforzada apuesta por el conocer nos lleva de la mano entregándonos constantemente una obsesión: caer, morir también lleva su tiempo, como advierte en el poema Nº 997:

«El desmoronamiento no es Acto de un instante

Una pausa esencial

El deterioro y sus procesos

Son como organizadas Decadencias.

Primero Telarañas en el Alma

Una Película de Polvo

Agujero en el Eje

o Elementales Óxidos-

La Ruina es ordenada –un trabajo diabólico,

consecutivo, lento-

Ningún hombre cayó en un solo instante

Deslizarse –es la ley que rige el Choque.»

El genio americano de esos días era Walth Whitmann. Su poesía dialéctica entre el ser consigo mismo y con el mundo obtuvo receptores con sed de optimismo. Pero los poemas de la Dickinson no presentan puente alguno que nos devuelva al exterior. No sirven para la épica. La Dickinson ha visto con estremecedora claridad que «nos enterramos a nosotros mismos con un dulce desdén». Esta antología bilingüe es un buen modo de comprobarlo.

Poemas a la muerte
Emily Dickinson
Selección, traducción y prólogo de Rubén Martín
207 páginas
Bartleby, 2010

Fuente: http://www.culturamas.es/blog/2010/04/13/poemas-a-la-muerte-de-emily-dickinson/
 
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Las cartas de Emily Dickinson



Emily Dickinson


"¿No es la distinción del Afecto casi un Reino suficiente?", anota en una de las 101 epístolas recopiladas en este volumen.


por Luis Vargas Saavedra

Rilke aconsejó que "Para escribir un sólo verso, hay que haber visto muchas ciudades, muchos hombres y muchas cosas; hay que conocer a los animales, hay que haber sentido el vuelo de los pájaros y saber qué movimientos hacen las flores al abrirse por la mañana. Hay que tener recuerdo de muchas noches de amor, todas distintas, de gritos de mujer con dolores de parto y de parturientas, ligeras, blancas y dormidas, volviéndose a cerrar. Y haber estado junto a moribundos, y al lado de un muerto, con la ventana abierta...".

Opuestamente, Emily Dickinson nació en Amherst, un pueblo chico, en 1830 y al final de sus cincuenta y seis años de vida se encerró en su casa, se vistió de blanco, y se apartó de la sociedad, no de las estaciones, las abejas, los pájaros: "La Naturaleza es una Casa Embrujada -pero el Arte- una Casa que trata de embrujarse".

Su musa era esa soledad voluntaria que recuerda la reclusión cautelosa de Jerome David Salinger. Tales polos de actitud demuestran que no hay ley causal para la inspiración y que cada artista halla su modus operandi.

Puesto que la literatura engendra literatura, Emily Dickinson leyó y absorbió a Poe, Emerson, Whitman, George Sand, Charlotte y Emily Brönte, Twain, Browning, Byron, Tennyson, Coleridge, Hawthorne, Irving, Dickens, Elizabeth Barret, Browning, Robert Browning, y Keats, su poeta preferido. Pero encima de todos, Shakespeare. En su último año de vida escribió a un amigo que debía viajar a Stratford-upon-Avon: "Toca a Shakespeare por mí".

Métrica, humor, vocabulario, variedad: todo eso le llegaba de esos autores y de los clásicos latinos, captados con incesante profundidad en la apacible vida de su aldea en New England, zona verde y húmeda de lluvias, donde las cuatro estaciones se ostentan.

Emily Dickinson creció en un ambiente de biblia y misionerismo, anteriores a la Guerra de Secesión y aunque la trabajaron sus maestras en Holyoke (un colegio femenino fundado en 1837) no consiguieron convertirla en misionera. Sabía que su misión era la poesía y que su fe no se ataba a iglesia ni a secta. Ironiza la certeza pedida por Santo Tomás: "La fe de Tomás en la anatomía es mayor que su fe en la Fe". Y en cuanto a la caminata de Pedro sobre el lago comenta: "Nosotros dignificamos nuestra fe cuando podemos cruzar el océano con ella, aunque la mayoría prefiere los barcos". Hay muchas cartas en que el tema es la posible inmortalidad en el cielo. Son meditaciones y dudas causadas por la secuencia de seres queridos que se le fueron muriendo. Pareciera que el último de tales zarpazos fue la muerte de un sobrinito, en 1883. Le expresa su dolor a Susan Gilbert Dickinson, su cuñada y madre del niño: "A Gilbert le regocijaban los Secretos. Su Vida latía con ellos - Con qué amenaza de Luz exclamó: 'No lo cuentes, Tía Emily'. Ahora mi Compañero de Juegos ascendido debe instruirme a mí. ¡Muéstranos sólo, Preceptor balbuciente, el camino hacia ti! No era ningún creciente esta Criatura - Viajaba desde lo Lleno".

Eso parece escrito por Rilke. Conste el uso de mayúsculas y de guiones, por dar majestad y ritmo.

No hay certezas en cuanto a su vida sexual. Le conjeturan dos amados a los cuales escribió cartas y de los cuales escribió poemas de amor. Uno le pidió la mano, ella rehusó. Nada más. Mejor así. Sobra enchapar en lo biográfico una poesía que ha trascendido el detalle, la anécdota, la revelación.

Las cartas juveniles de 1847 a 1857 son hogareñas, notician salud ajena, lecturas, encuentros, ausencias; son fáciles, carecen aún del giro original que tendrán las ulteriores, cuando esté cuajada la poeta. Interesa, como siempre, rastrear la génesis y el desarrollo de un genio... ¿Lo era? En los Estados Unidos se la ha tasado como tal, incluso decorándola con un viso de locura que acaso no sea más que una depresión creciente en alguien ya bipolar. Pero ¿lo era? Catando la vastedad de una obra que se desprende de la moda literaria de su tiempo, que se evade del protestantismo y que incluso gobierna una puntuación y un laconismo personales, habría que concordar en que Emily Dickinson fue un genio: alguien capaz de lograr sola lo que muchos asociados no podrían.

Los mayores obstáculos para entrar en estas 101 cartas (bien traducidas y anotadas como están) son el uso de metáforas en clave y el laconismo. Resulta entonces que la condensación de los significados, magnificada por el minimalismo sintáctico, da textos de poesía telegráfica, que serán maravillas o enigmas según quien los lea. Lo que sí es fascinante es presenciar los dos niveles en que vivía -o los cuatro. Vive caseramente con su hermana, su padre y su madre, y a la vez líricamente tanto con los objetos y tareas domésticas como con lo imaginario. Y este ámbito se bifurca en el amado y en la poesía. Incluso, dentro de la poesía, ella se divide entre la creación de los poemas, a la par con la creación de ella como poema, más la cautelosa y hábil constatación de qué efectos producía en sus escasos lectores. Pues buscaba el inevitable riego de la crítica. Por eso le escribió a Thomas W. Higginson, al que llamará su Maestro, preguntándole si sus poemas estaban vivos. Lástima que el Maestro no pudo apreciar la rara poesía que le iría confiando. Y por los consejos de rima y de ortografía que le diera, él se revela como disciplinado y ella como intrépida.

Las amorosas cartas a su cuñada Susie van más allá de un infatuamiento adolescente y se deslizan al amor y a lo erótico, de un modo platónico. "Mi vida ha sido demasiado sencilla y disciplinada para avergonzar a nadie".

Esta selección de cartas equilibra bien todas las modalidades amatorias de una artista defensiva en un medio exigente: no se casó, no tuvo hijos, no salió de su país, pero cultivó la correspondencia: "Una carta es una alegría de la Tierra - denegada a los Dioses". Más de mil veces se dio esa alegría.


Fuente: www.emol.com

6 comentarios:

Eva Magallanes dijo...

Luisa!!!, que alegría saber de ti, pero fue Ud. señora la que desapareció... mas, lo importante es que ahora retomemos el contacto. Me he devorado este post, no tenía idea que esta gran poeta murió con su poesía casi completamente inédita... ¡quedan esperanzas entonces,já, já!. Extraña mujer por cierto, de una opción radical y subversiva.
Te contaré que La Cala logró salir del congelamiento al que estuvo sometida!
Mi cariño para ti!

Luisa García: dijo...

La Cala, ha sido un gran espacio para mi,Eva. Me nutro constantemente de toda aquella información, ya sabes que soy una pintora a la que le queda todo el camino por recorrer y en eso estoy. Me alegra muchísimo tu descongelamiento. Cariños, muchos.

Anónimo dijo...

Luisa, relamente eres una investigadora literaria.Aprendí de
Emily Dickinson, de su vida y los incentivos tan sui generis para su extraordinaria poesía.
Gracias.
Betty

Alex Perez dijo...

Querida Luisa,
Queria agradecerte del fondo de mi alma por tus hermosas palabras respecto a mi fallecido hijo Dror.
Te deseo que nunca conozcas ese pesar.
abrazos.
Alex

Luisa García: dijo...

Alex, quien pudiera eximirse de estos dolores? Estos cambios profundos, estos dolores inconmesurables dejan huellas tan profundas e inextinguibles, creo que una parte de nuestras vidas se va también con los que parten.
Luisa

Luisa García: dijo...

Betty, me alegro que conozcas un poquito de doña Emily, una poeta distinguida y amada por su gente.