domingo, 26 de diciembre de 2010

Marta Brunet en la fértil provincia



Marta Brunet en la fértil provincia

 
Por Diamela Eltit

Tomando distancia del criollismo, esta singular escritora organizó una poética de la soledad y del desamparo más radical, y abordó el transcurrir de las vidas provincianas sometidas a duras normativas laborales y a las convenciones religioso-políticas de su tiempo. Varias de sus obras pueden encontrarse en librerías.

Durante la primera parte del siglo XX, justo en el tiempo en que un sector de la escritura literaria chilena se impregnó de la libertad estilística que recorría a las vanguardias europeas, la escritora Marta Brunet (1897-1967) se negó al cosmopolitanismo para concentrarse, de manera absorta, en plasmar los dilemas locales de una sociedad todavía atada, en gran medida, a la producción agrícola.

El pueblo y el campo fueron sus sedes literarias más frecuentadas. Allí, Marta Brunet organizó una poética no sólo de la soledad, sino también del desamparo más radical. Desde esas poéticas abordó los modos en que transcurrían las vidas provincianas o campesinas, sometidas a duras normativas laborales y a fuertes represiones simbólicas dictadas por las convenciones religioso-políticas de su tiempo.

La literatura de Marta Brunet buscó poner de manifiesto la arbitrariedad que portan las convenciones. Mostró una superficie social asfixiante que a menudo sólo ocasionaba infelicidad y opresiones en los habitantes de los poblados, o provocaba dramas marcados por el fantasma del incesto en familias aisladas en casas que parecían no pertenecer a ninguna parte.

Marta Brunet nació en Chillán, pero vivió parte de su infancia y primera juventud en el fundo Pailahueque en la localidad de Victoria. Cuando tenía catorce años, en plena adolescencia, viajó con sus padres por Europa para retornar a Chile después de tres años. Debido a la considerable distancia que la separaba de la escuela, fue educada por institutrices y profesores particulares. Luego de la muerte de su padre su situación económica cambió de manera abrupta y, para sostenerse junto a su madre, se dedicó, entre otros oficios, según algunas fuentes, a la quiromancia, y según otras, a la grafología. Se radicó en Santiago y junto a María Luisa Bombal participaron en una compañía teatral de aficionados que representó numerosas obras.

Colaboró en la revista Familia, de la que llegó a ser su directora. Más adelante, Marta Brunet, quien fue adherente aunque no militante del Partido Radical, sirvió por varios años como diplomática en Buenos Aires y Montevideo. Allí entabló relaciones con la poderosa intelectualidad rioplatense de su época. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1961.

Del criollismo a la introspección


Sus inicios literarios ( Montaña adentro, 1923) estuvieron marcados por su pertenencia al movimiento criollista, una corriente que homologó la potencia de la naturaleza con el psiquismo de sus habitantes, y cuyo exponente chileno más consolidado fue Mariano Latorre con su reconocida novela Zurzulita. Sin embargo, el proyecto literario de Marta Brunet iba a modificarse mediante el desplazamiento de formas descriptivas hacia una paulatina pero sostenida introspección. En su viaje literario por las técnicas y los signos fue escribiendo, de manera todavía inédita en la literatura chilena, las condiciones del sujeto femenino: sus estrategias y sus difíciles formas de sobrevivencia en un espacio social que le resultaba adverso.

Desde diversas perspectivas, Marta Brunet se abocó a textualizar el "signo mujer". Ya en 1927, en su obra María Rosa, Flor de Quillén, reescribió y reformuló el texto canónico Don Juan Tenorio, y mediante el humor, el burlador de la honra de las mujeres resultó burlado. Esta vuelta de tuerca no fue ensayada en la España del Siglo de Oro, sino en el sur de Chile, en medio de un mundo agrario, estrecho, regido por el predominio del trabajador agrícola, en donde María Rosa, la protagonista, se iba a convertir en el botín del don Juan local. Sin embargo, luego de consumado el encuentro sexual entre ambos, María Rosa consiguió ocultar, mediante una convincente argucia, lo sucedido, y, de esa manera, sometió al ridículo ante sus pares al don Juan campesino.

Ya en este texto primigenio y acaso primordial, Marta Brunet puso de manifiesto los elementos que más adelante iban a ordenar no sólo su ruta literaria, sino también su intensa incursión en la subjetividad femenina. Porque lo que su personaje María Rosa operó frente al engaño que la iba a destruir fue la negación del romanticismo como centro estructural del sujeto femenino. Lo negó cuando María Rosa comprendió que sólo formaba parte de una apuesta entre hombres y, más que victimizarse o condolerse ante la burla, sencillamente ocupó su inteligencia para superar la pérdida de su honra, salir indemne ante su comunidad y, pese a todo, conservar su aura de pureza.




Desde otra perspectiva, en su poderoso relato "Soledad de la Sangre", publicado en 1943, mostró el "sentimentalismo femenino" como agudo instrumento de dominación y alienación. La protagonista de este relato, sometida a una vida rutinaria, relegada junto a su esposo en una casa en medio del campo, huye de su realidad mediante un gramófono que le permite fugarse de sí a través de la música. Acude hasta sus recuerdos de infancia y especialmente hacia un idealizado amor adolescente. El gramófono entonces es el elemento que la separa de su contingencia para conducirla a un mundo irreal, pleno de fantasías de perfección. Hasta que estalla la violencia y el gramófono se rompe o, desde otra perspectiva, ella se enfrenta a su propia vida. Allí se somete a la disyuntiva de irse o permanecer en su casa, aceptar su cuasi vida, a ese marido. Se queda en su casa.

Su decisión, desde una perspectiva superficial, podría ser analizada como una derrota, pero también admite otras hipótesis, como la capacidad de adquirir una necesaria lucidez en torno a su propia vida y despojarla de ese romanticismo cegador. Hacerse cargo de un transcurso no perfecto, pero que obedece a su propia construcción. Y esa autoconciencia es la que pulveriza la alienación que antes velaba todo su presente y la expropiaba de sí misma.

Marta Brunet no se propuso la redención del sujeto mujer, sino más bien señaló críticamente cómo la sociedad "producía" lo femenino, sometido a espejismos y fantasmas emotivos cursis, que ensombrecían su vida más material y concreta. Pero en su relato "Soledad de la Sangre" también exploró la cuestión del poder. Demostró que a pesar de que la protagonista generaba recursos económicos que incrementaban los ingresos familiares y ese aporte le otorgaba una cuota de poder en el interior de la casa, el problema de la desigualdad persistía porque radicaba principalmente en factores simbólicos encargados de operar y reproducir la jerarquización de los cuerpos.


María Nadie, la amenaza de la mujer emancipada


En su novela María Nadie (1957), Marta Brunet escribió y describió plenamente a la mujer moderna encarnada en María, una mujer que trabajaba en el servicio público, soltera, que llegó al pueblo a desempeñar sus funciones. Su independencia se transformó en una amenaza para las múltiples convenciones imperantes. De allí que el espacio provinciano tomó un derrotero alegórico y el pueblo entonces se erigió en un discurso cultural ultraconservador. Voces sociales que se oponían férreamente a los cambios, un pueblo que observaba en María el desorden de sus normativas y el riesgo de su posible disolución.

El pueblo alcanza en la obra el estatuto del miedo, la represión y hasta el terror frente a la otredad moderna. Allí estallan todas sus pulsiones más hostiles. La comunidad se une en contra de la "extraña" que con su sola presencia llega a proclamar una autonomía que perfora el orden. Una "forastera" que incomoda tanto a hombres como a mujeres porque afecta sus certezas y puede debilitar las estructuras de un comportamiento agudamente disciplinar.

El viaje de María desde la capital a la periferia provinciana parece ser una inmersión en los centros neurálgicos de los estereotipos y de las represiones sociales. Su fisonomía moderna lastima las tramas duramente tejidas por la historia cultural. De manera irremediable, María es expulsada del lugar. Su permanencia allí resulta imposible porque augura un cambio que no puede ser incorporado por una sociedad petrificada. Pero, a pesar de todo, María cuenta con un empleo y un salario que le permite obtener un "lugar en el mundo", un lugar que radica en la posibilidad nómada del desplazamiento, del ejercicio de una constante movilidad frente a un espacio social local formado por voces centristas, hegemónicas y perfectamente articuladas entre sí. En suma, María Nadie (a pesar de su nombre elocuente) sobrevive de manera precaria porque puede desplazarse y vagar por los códigos sociales, desde la libertad que le otorga no sólo su deliberada soltería, sino amparada además por su trabajo remunerado por el Estado (laico).

Parece necesario insistir en la prolongada batalla con los signos literarios que mantuvo Marta Brunet. A lo largo de más de cuarenta años de una sostenida producción consiguió imprimir su aguda inteligencia mediante la construcción de relatos que se fundaban en atmósferas cargadas de sugerencias e hilos inacabados, de finales abiertos, de personajes que se debatían tensamente contra el espesor más íntimo de ellos mismos. Parapetada en la provincia, logró instalar psiquismos complejos, dotados de vueltas y revueltas, de resignaciones y vaivenes. De esa manera, esta singular escritora chilena no sólo presagió parte de la obra de José Donoso ( Humo hacia el Sur, 1946), sino que además pensó y repensó a los cuerpos cautivos por mandatos angustiosos que se dedicó audazmente a develar y quizás (por qué no) a aliviar.



Fuente: Revista de Libros de El Mercurio.  http://letras.s5.com/de170910.html

Patrimonio Literario: Identidad Cultural de la II Región de Chile



Eduardo Díaz Espinoza


En pleno desarrollo está el proyecto "Identidad Cultural de la II Región: a través de los Creadores Literarios en el Bicentenario", que la Agrupación Artística Altazor de Antofagasta, ejecuta gracias al fondo del 2% de Cultura, del Consejo Regional.

La iniciativa consiste en la finalización de un libro de 200 páginas, que constituirá la cristalización del trabajo investigativo que dejó casi finalizado el desaparecido escritor Eduardo Díaz Espinoza, quien rescató por décadas la obra de poetas y escritores de nuestra región -o de paso en ella-, desde el siglo XIX en adelante.

La idea primordial del proyecto consiste en rescatar la producción literaria de la zona, esto es, en traer a la memoria colectiva, no sólo a los escritores más famosos, de moda o tradicionalmente conocidos, sino también aquellos anónimos, o perdidos en el tiempo, incluyendo aquellos más contestatarios que supieron no sólo de las duras vivencias en el trabajo de la pampa, en la explotación del cobre, del salitre y del hombre y la mujer nortina, sino que también fueron testigos de la aparición del feminismo y de los movimientos sociales en nuestra zona.

RECORRIDO

Según Álvaro López Bustamante - a quien la familia Díaz Monterrey y la Agrupación Altazor encargaron reconstruir, restaurar y finalizar el texto incompleto de Eduardo Díaz Espinoza - se trata de "un recorrido panorámico, que abarca la literatura local desde sus comienzos, en el siglo XIX, hasta la actividad más reciente, ya en el XXI, y constituye un aporte fundamental de Eduardo Díaz al conocimiento de la historia literaria de nuestra ciudad".

El libro se lanzará durante el verano de 2011, de acuerdo a los editores responsables del proyecto.


Fuente: El Mercurio de Antofagasta 18.12.2010



lunes, 13 de diciembre de 2010

Estética - El proceso de la creación artística

Humberto Díaz Casanueva



I.
Cada poeta tiene sus rituales ante la página blanca. Schiller olía manzanas podridas, perfumes fuertes. La estadística de tales síntomas o hábitos es atrayente, pero insignificante.

II.
La circunstancia más fortuita o el motivo más fútil pueden despertar la voracidad creadora. Pero conviene no olvidar que la manzana para Newton fue sólo la gota que desbordó el vaso. El poeta logra concentrarse en el acto creador porque ya está grávido.

III.
Hay que escrutar la personalidad plena del poeta y no únicamente su éxtasis creador; es decir, su sistema de creencias y valores, sus experiencias, su concepción del hombre, del mundo, de la poesía. Como se trata más bien de un proceso de fermentación que escapa en gran parte a su dominio, habrá que aplicar un sondeo parecido al psicoanálisis; pero éste, al menos por ahora, sólo ha podido encontrar en los poetas el complejo de Edipo o la regresión narcisista, determinantes simbólicos demasiado generales y que explican sin esclarecer.


IV.
Lo que otros llaman inspiración y que para ellos es facilidad jugosa, es para mi plenitud tanto de mis dones como de mi impotencia. Tal vez me suceda esto porque no escribo para agradar sino para explorar. La experiencia poética me interesa como una manera de transparentar el fondo de la existencia humana.

V.
A veces siento una facilidad sospechosa y me invaden ritmos y hasta rimas. Al amasar tal material que resulta de un desborde, me salen poemas que rehúyo porque no son hijos legítimos del rigor de mi espíritu. En realidad sólo tengo un libro de poemas (Vigilia por dentro). Mis otros libros son acumulaciones orquestales dominadas por una figura simbólica obsesiva, una intención dramática, un fantasma especulativo y casi imposible, y que me acompaña por meses y por años (El aventurero; el blasfemo; la Madre muerta; la Estatua de sal; la Hija Viva).

VI.
Algunos han dicho que yo transcribo filosofía en mis poemas. Jamás he podido escribir con planes abstractos e ideas metafísicas deliberadas. Todo se inicia en un estado de ánimo que se va expandiendo en asociaciones.


VII.
Hay un deleite en la inspiración, pero para un artista orgulloso hay también un desafío en la esterilidad. Esta no es sólo la fuente seca: es un sufrimiento, una inhibición, una terquedad del espíritu que no quiere despojarse de sus velos. Para vencer la esterilidad he recurrido a menudo al desvarío.


VIII.
El desvarío e s un abandono, un método pasivo que relaja la facultad consciente. Advierto entonces mi complacencia por lo imaginativo, lo insólito, lo maravilloso y hasta lo absurdo. Intuyo extrañas analogías y me extravían presentimientos oscuros. Quiero en tal caso encaminar la espontaneidad caótica hacia zonas lúcidas. Trato de respetar la lógica recóndita que puede haber en el azar del espíritu y, al mismo tiempo, transmutar esa abundancia, esas imágenes espasmódicas en sentido y en significación. Rechazo la imagen gratuita y busco el símbolo que asocie la emoción y el pensamiento.


IX.
En estas condiciones el trabajo poético es un ejercicio órfico. Siento a Eurídice en mis brazos, pero si la miro, la mato. Huye la visión si el pensamiento ilumina demasiado su desnudez. Para mi el poema ha sido siempre una lucha, una agonía, un amargo juego dialéctico.


X.
Todo se resuelve en las palabras. Cuando tengo confianza en ellas, todo va bien. Me fascina el interior de las palabras y encontrar, aún en las más desahuciadas, valores emotivos y asociativos. Las palabras me producen un frenesí casi físico: las masco, las saboreo. Creo que el lenguaje poético de mi tiempo es un poder todavía virgen capaz de producir mayor revelación del ser humano. Aunque tentación tan grande supone una constante pugna entre la ambición de revelar y la necesidad de comunicar.


(El Mercurio 25 de marzo de 1956)

domingo, 12 de diciembre de 2010

Estética - Non Serviam



Non Serviam *
Vicente Huidobro

Y he aquí que una buena mañana, después de una noche de preciosos sueños y delicadas pesadillas, el poeta se levanta y grita a la madre Natura: Non serviam.

Con toda la fuerza de sus pulmones, un eco traductor y optimista repite en las lejanías: «No te serviré».

La madre Natura iba ya a fulminar al joven poeta rebelde, cuando éste, quitándose el sombrero y haciendo un gracioso gesto, exclamó: «Eres una viejecita encantadora».

Ese non serviam quedó grabado en una mañana de la historia del mundo. No era un grito caprichoso, no era un acto de rebeldía superficial. Era el resultado de toda una evolución, la suma de múltiples experiencias.

El poeta, en plena conciencia de su pasado y de su futuro, lanzaba al mundo la declaración de su independencia frente a la Naturaleza.

Ya no quiere servirla más en calidad de esclavo.

El poeta dice a sus hermanos: «Hasta ahora no hemos hecho otra cosa que imitar al mundo en sus aspectos, no hemos creado nada. ¿Qué ha salido de nosotros que no estuviera antes parado ante nosotros, rodeando nuestros ojos, desafiando nuestros pies o nuestras manos?

»Hemos cantado a la Naturaleza (cosa que a ella bien poco le importa). Nunca hemos creado realidades propias, como ella lo hace o lo hizo en tiempos pasados, cuando era joven y llena de impulsos creadores.

»Hemos aceptado, sin mayor reflexión, el hecho de que no puede haber otras realidades que las que nos rodean, y no hemos pensado que nosotros también podemos crear realidades en un mundo nuestro, en un mundo que espera su fauna y su flora propias. Flora y fauna que sólo el poeta puede crear, por ese don especial que le dio la misma madre Naturaleza a él y únicamente a él».

Non serviam. No he de ser tu esclavo, madre Natura; seré tu amo. Te servirás de mí; está bien. No quiero y no puedo evitarlo; pero yo también me serviré de ti. Yo tendré mis árboles que no serán como los tuyos, tendré mis montañas, tendré mis ríos y mis mares, tendré mi cielo y mis estrellas.

Y ya no podrás decirme: «Ese árbol está mal, no me gusta ese cielo.... los míos son mejores».

Yo te responderé que mis cielos y mis árboles son los míos y no los tuyos y que no tienen por qué parecerse. Ya no podrás aplastar a nadie con tus pretensiones exageradas de vieja chocha y regalona. Ya nos escapamos de tu trampa.

Adiós, viejecita encantadora; adiós, madre y madrastra, no reniego ni te maldigo por los años de esclavitud a tu servicio. Ellos fueron la más preciosa enseñanza. Lo único que deseo es no olvidar nunca tus lecciones, pero ya tengo edad para andar solo por estos mundos. Por los tuyos y por los míos.

* Es considerado el primer manifiesto de Vicente Huidobro. Fue leído en 1914 en el Ateneo de Santiago de Chile.

Estética - Artes Poéticas




Pablo Neruda (1938)

Es muy conveniente, en ciertas horas del día o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerías, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. De ellos se desprende el contacto con el hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superficies usadas, el gasto que las manos han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo. La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y de los dedos, la constancia de una atmósfera humana inundando las cosas desde lo interno y lo externo. Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley. Una poesía impura como traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos. La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, sin aceptar deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce superficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. La flor, el trigo, el agua tienen también esa consistencia especial, ese recurso de un magnífico acto. Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, “corazón mío” son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo.



CONDUCTA Y POESÍA

Cuando el tiempo nos va comiendo con su cotidiano decisivo relámpago, y las actitudes fundadas, las confianzas, la fe ciega se precipitan y la elevación del poeta tiende a caer como el más triste nácar estúpido, nos preguntamos si ha llegado ya la hora de envilecernos.

La dolorida hora de mirar cómo se sostiene el hombre a puro diente, a puras uñas, a puros intereses. Y cómo entran en la casa de la poesía los dientes y las uñas y las ramas del feroz árbol del odio.

Es el poder de la edad o es, tal vez, la inercia que hace retroceder las frutas en el borde mismo del corazón, o tal vez lo «artístico» se apodera del poeta y en vez del canto salobre que las profundas olas deben hacer saltar, vemos cada día al miserable ser humano defendiendo su miserable tesoro de persona preferida?

Ay, el tiempo avanza con ceniza, con aire y con agua! La piedra que han mordido el légamo y la angustia florece de pronto con estruendo de mar, y la pequeña rosa vuelve a su delicada tumba de corola. El tiempo lava y desenvuelve, ordena y continúa.

Y entonces, qué queda de las pequeñas podredumbres, de las pequeñas conspiraciones del silencio, de los pequeños fríos sucios de la hostilidad? Nada, y en la casa de la poesía no permanece nada sino lo que fue escrito con sangre para ser escuchado por la sangre.



En Caballo verde para la Poesía, núm. 3. Madrid, diciembre de 1935.